Orquesta de Extremadura
Ref.: CD-07-IV A&B master record
1 CD – DDD
Fecha de grabación (concierto en directo): 20/01/2007
Anton Bruckner (1824-1896):
Sinfonía nº 4 en Si bemol mayor, «Romántica»
01. Bewegt, nicht zu schnell (20’49)
02. Andante – andante quasi allegretto (16:47)
03. Scherzo: Bewegt (11:10)
04. Finale: Bewegt, doch nicht zu schnell (22’57)
Anton Bruckner. Sinfonía nº 4 en Si bemol mayor, «Romántica»
El arte de Bruckner sería inconcebible sin el precedente de Beethoven. Profundamente religioso, trató de expresar, a través de su música, la misma espiritualidad que llenaba todos los aspectos de su vida, buscando un estilo nuevo y personal. “Quieren que escriba de otro modo, pero no debo hacerlo, ya que Dios me ha dado un talento y a Él tendré que rendirle cuentas alguna vez”, escribe el músico cuando se convierte en el foco de una controversia en la que nunca quiso involucrarse, y es que, en la Viena de 1874 en la que Bruckner escribe la Cuarta, el mundo musical alemán se divide entre los defensores de Brahms y los de Wagner; el hecho de que el compositor declarara su admiración hacia Wagner le posicionó al lado de sus seguidores, provocando el rechazo de gran parte del público vienés y del todopoderoso crítico Hanslick.
Es cierto que su audición del Tristán wagneriano en 1864, en Munich, marcó su evolución, abriéndole el camino hacia territorios desconocidos hasta entonces por él, intentando, Las sinfonías de Bruckner fueron las primeras en desafiar la extensión de las medidas de la Novena de Beethoven a partir de ese momento, combinar el legado metafísico de Beethoven con algunos métodos orquestales desarrollados por Wagner en sus dramas musicales; sin embargo, Bruckner tenía tan poco en común con los seguidores de Wagner como con Brahms, y es que su admiración por Wagner no influyó en profundidad sobre sus procedimientos compositivos; es cierto que encontramos cromatismos vertiginosos en su música sinfónica, pero frente a ellos abundan los colores firmes y pasajes severos de las antiguas tonalidades eclesiásticas, como también es cierto que la composición de la orquesta bruckneriana se va ampliando hacia dimensiones wagnerianas, sobre todo con la inclusión de metales, pero no desarrolló los empastes y amalgamas tímbricas típicas de la instrumentación del autor del Anillo; y, sobre todo, su lenguaje era ajeno al desarrollo incesante del discurso tal y como lo planteaba Wagner, dibujándose, en cambio, su discurso, a partir de potentes bloques temáticos, con un tejido interno mas rítmico que melódico-armónico.
Las sinfonías de Bruckner fueron las primeras en desafiar la extensión de las medidas de la Novena de Beethoven; diestro en combinaciones sonoras, el compositor contrapone los temas heroicos de los metales a las suaves melodías de las cuerdas, las armonías verticales a los complejos contrapuntos. La orquestación de sus sinfonías nos hace recordar frecuentemente la relación constante del compositor con el instrumento del que era virtuoso: el órgano; su pensamiento sinfónico recibe la influencia evidente de los registros organísticos.
Así, Bruckner llenó los contornos de la sinfonía con un contenido completamente suyo; su arte sinfónico surge, al igual La Romántica es la primera obra del compositor en la que encontramos su estilo maduro que su música sacra, del sentimiento religioso. Bruckner no busca la pasión, el elemento religioso y el sentimiento naturalista convergen en lo místico: música pura dentro de la forma tradicional, pero conectada con un misterio, llena de halos sonoros, tierna y monumental a la vez, grandiosa en sus dimensiones y amplia y densa en su volumen sonoro, en una concepción mística del sonido.
Con el sobrenombre Romántica, la sinfonía es la primera obra del compositor austriaco en la que encontramos de manera plena su estilo maduro. Romántica por ser el canto a la naturaleza más apasionado escrito por Bruckner; en un primer momento el músico pensó acompañar su partitura con un programa explicativo, según el cual el Allegro inicial evocaría una villa medieval al amanecer, con sus caballeros y su bosque; perfecto en su construcción, se inicia con el llamado “comienzo de la nada” bruckneriano, estático, en el que el movimiento se desarrolla a partir de un trémolo de las cuerdas, como si la fuerza emergiese gradualmente de la nada. Enormes fragmentos de desarrollo pausado y estatismo armónico ayudan a aumentar la sensación de monumentalidad.
Andante melancólico, limpio, sencillo de medios, “para describir un amor”, decía el inicial programa; de lentitud majestuosa y hermoso cantabile, está concebido como una marcha fúnebre, pero desprovista de todo dramatismo; Bruckner veía la muerte como un principio, no como un fin, de ahí su serena melancolía. El movimiento se despliega sin prisas para dar paso al Scherzo, “una jornada de caza”, dotado de cierta ligereza y donde escuchamos ecos de música austriaca, lleno de “ecos” y juegos tímbricos, ágil; el aroma del ländler aporta distensión al mensaje de este tercero claramente descriptivo al que sigue el Finale, el único movimiento en el que Bruckner no incluyó programa, tal vez convencido de que, más allá de facilitar su comprensión, la sinfonía tenía un mensaje mucho menos banal; de nuevo la música surge del silencio. Espíritu agitado y tormentoso, lleno de contrastes de sonoridad y de carácter, que termina en un gran canto de agradecimiento al Creador.
© Blanca Mª Calvo







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