«Fernandes / Freitas Branco» es la nueva colaboración entre la Orquesta de Extremadura y el violinista canadiense de origen portugués Alexandre da Costa, para ofrecer un repertorio de autores lusos.

Armando José Fernandes. Concierto para violín y orquesta (1948)

Armando José Fernandes estaba destinado a la carrera de ingeniero, pero ingresó en el Conservatorio nacional en 1927. Estudió piano con Alejandro Rey Colaço y Lourenço Varela Cid, teoría musical con Luís de Freitas Branco y composición con Antonio Costa Ferreira. Hacia 1930, junto con Fernando Lopes-Graça, do le Pré y Jorge Corner de Vasconcelos, formó parte del “Grupo de los Cuatro.” En 1930, al terminar sus estudios superiores de piano y composición, obtuvo un Primer premio de piano y el premio Rodrigo da Fonseca. En 1934, se estableció en París como becario internacional y allí fue alumno de Nadia Boulanger, Roger Ducasse, Paul Dukas y de Igor Stravinski en la Escuela normal de música fundada por Alfred Cortot, con quien estudió también piano.

Regresó a Portugal donde, entre 1940 y 1942, impartió clases de piano y de composición en la Academia de los aficionados a la música. En 1942, ingresó en el Gabinete de estudios musicales de la Radio nacional, creada ese mismo año por Pierre do le Pré, y obtuvo el premio de composición Moreira de Sá (1944). De 1953 a 1976 fue profesor de composición en el Conservatorio nacional.

El talento de Armando José Fernandes se manifestó principalmente en la música de cámara y de concierto. Desarrolló un refinamiento armónico inspirado en Fauré y Ravel, de un elegante estilo neoclásico, en el que el dominio de las formas está impregnado de sensualidad. Sus tres sonatas para violoncelo, alto y violín, con acompañamiento de piano, forman un corpus inusitado en una época (la década de 1940) en la que pocos compositores lograban dar un nuevo dinamismo a las antiguas formas instrumentales. En el mismo orden de ideas, cabe subrayar la Suite de concierto para clave y orquesta de cámara, comisionada por la Fundación Gulbenkian en 1976.

El Concierto para violín y orquesta en Mi menor ilustra el aporte de Armando José Fernandes en el medio de la música de concierto portuguesa. En esta obra, la omnipresente parte solista, muy exigente a nivel técnico, rivaliza con la de la orquesta. Se distingue junto al Concierto para violín y orquesta (1916) de Freitas Branco, sin duda la obra más significativa del repertorio portugués para violín y orquesta. Fernandes dedicó el concierto, compuesto entre 1947 y 1948, a la gran violinista Leonor de Sousa Prado, violín solista de la Orquesta sinfónica de la Radio nacional, que estrenó la obra en 1949 en el Teatro nacional de Säo Carlos en Lisboa, bajo la dirección de Pedro de Freitas Branco.

El tema principal del Allegro assai, inicialmente introducido por la orquesta, es expuesto por el violín como un segundo tema, con un gran lirismo, bajo la forma de sonata bitemática. La reexposición procede en orden inverso con respecto a la exposición inicial. La cadencia que sigue se despliega de manera inusitada a través de los dos temas. El segundo movimiento, el malicioso Scherzo: Allegretto, multiplica los pasajes en terceras en un discurso que finalmente se agota en un delicioso suspiro. En la sección del trío, la parte solista evoca, en el modo lidio, la sabrosa rusticidad de las sonoridades populares. El Andante sostenuto revela toda la parte íntima y lírica del compositor. Adoptando la forma de una canción muy expresiva, este movimiento le permite al solista establecer un diálogo con la sección de vientos en un cruce de sonoridades. El Molto vivace final reviste la forma de un rondó que va de la cruda extroversión del estribillo a la ligereza de las estrofas melódicas, para concluir en una nota triunfante.


Luis Freitas Branco. Sinfonía nº 2 (1926)

Figura destacada de la música portuguesa de la primera mitad del siglo XX, Luís de Freitas Branco creció en el seno de una aristocrática familia amante de las artes, de la literatura y de la filosofía. Desde muy joven se inició en la música y estudió con Tomás Borba, Augusto Machado, el belga Désiré Pâque y el maestro Luigi Mancinelli.

Cuando se fue a Berlín para estudiar en 1910, Luís de Freitas Branco ya había compuesto su Primera Sonata para violín y piano, impregnada de la estética de César Franck. En la capital alemana, estudió con Engelbert Humperdinck. Fue también en esa época que conoció a Claude Debussy en París. El descubrimiento del drama lírico Pelleas y Melisande lo marcó profundamente. El estreno de su poema sinfónico Paraisos Artificiais en 1913 provocó un escándalo en Lisboa. Ese mismo año, compuso Vathek, una de las obras más innovadoras de su tiempo.

Hacia 1920, Luís de Freitas Branco manifestó interés por el “nuevo diatonismo,” explotando una forma original de neoclasicismo ya presente en el Concierto para violín de 1916. Con cuatro sinfonías escritas entre 1924 y 1952, consolidó las bases de la composición sinfónica portuguesa. Su abundante producción de obras vocales en lengua portuguesa, principalmente sobre textos de Camöes y de Antero de Quental, lo vincula a la gran tradición humanista. Compuso más de 1900 obras sacras que fueron publicadas en el Cantuale del convento de los Padres Lazaristas.

La Segunda sinfonía, compuesta casi dos años después de la Primera sinfonía, marca una gran diferencia de estilo entre ambas. En febrero de 1925, el ingreso de la hermana del compositor a un convento de carmelitas en Navarra, influyó en la gestación de esa Segunda sinfonía, que el compositor dedicó a María Cândida, futura priora María de Cristo. El músico recurrió a un tema gregoriano, un Tantum ergo del Cantuale, que le inspiró la melodía cíclica que recorre la partitura.

El primer movimiento, un Andante y Allegro, presenta en su sección lenta la melodía cíclica de la obra. Después de un comienzo potente, este tema de acordes suaves, aparece en el tono de Si bemol mayor. El enlace que conduce al Allegro prepara la exposición de un primer tema tan impetuoso como tenso. El motivo cíclico reaparece en el segundo tema en Sol bemol mayor. El tema musical sugiere dos tendencias: por una parte, la pureza religiosa de la melodía cíclica, y, por la otra, el carácter convulsivo que se le opone. La reexposición comienza por el tema gregoriano tocado por las cuerdas en sordina, en una tonalidad menor cuyo carácter melancólico recuerda el de los cantos ortodoxos rusos. Después, retoma el Allegro y sus temas, alternando las modalidades mayor y menor. La coda, Andante, oscila misteriosamente entre los tonos de Si bemol y de re mayor, culminando en el de Si bemol mayor.
El segundo movimiento, marcado Andantino con moto, es en Mi bemol menor –tono de la subdominante – que corresponde al eje harmónico principal de la raíz gregoriana. Se presenta en forma de sonata sin desarrollo y cuyas estrofas se dividen en ABACABC La sección A expone una hermosa melodía de reminiscencias eslavas en modo dórico, en un ritmo ternario, a cargo de los violoncelos con pizzicatos. En la sección B, los oboes y los clarinetes imparten un matiz raveliano a un tema en La bemol menor, construido sobre una escala hexatónica. Los elementos de la sección A reaparecen a continuación medio tono más alto, en Mi menor. En la misma tonalidad, los instrumentos de viento ofrecen el potente y desgarrador lamento de la sección C.

En la reexposición, los tres temas se repiten metódicamente en Mi bemol menor. El scherzo, un Allegro vivace en Fa menor, es quizás el movimiento más interesante de la obra. El tema se desprende directamente de la melodía cíclica con un intervalo de segunda menor en lugar de una segunda mayor. Su ritmo ternario claudicante, en los violoncelos y el fagot, se deriva del noble acompañamiento de la melodía del Andantino; conducido a una pulsación frenética que difumina la percepción del tiempo fuerte. Esta pulsación turbadora se transforma en imploración después del retorno del carácter modal en la tonalidad de fa menor. Bruscamente, la orquesta se desboca en cabriolas ácidas, casi atonales, que recuerdan la escritura del poema sinfónico Vathek. Todos estos temas constituyen la cara deforme e infernal de la melodía gregoriana y seráfica del comienzo de la sinfonía. Una vez alcanzado su paroxismo, el carácter diabólico de la música se consume en llamas de azufre listzianas. La tendencia schumaniana que sigue, actúa como un bálsamo.

La construcción del cuarto movimiento se asemeja a la del primero: una introducción lenta (Adagio), con oscilaciones tonales/modales y desemboca en un Allegro. En forma de sonata, el movimiento se abre con un primer tema intrépido, inspirado de la melodía cíclica, tocado al unísono por las cuerdas, en el tono de Si bemol menor, para ser retomado a continuación por la sección de madera y las trompetas. El lirismo del segundo tema, en Re bemol mayor, está confiado a los primeros violines. Un Re natural, repartido en varias octavas a toda la orquesta, sirve de base al desarrollo. La reexposición del primer y del segundo tema es seguida por otro unísono en la tonalidad de La bemol.

Esta sinfonía fue estrenada el 26 de febrero de 1928 por la Orquesta de Pedro Blanch, en el Teatro de Säo Luís, en Lisboa.

© Alexandre Delgado