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Programa 14

Temporada de conciertos

2019-2020

El Vals

28 de mayo Badajoz 29 de mayo Cáceres
Orquesta de Extremadura Josu de Solaun Álvaro Albiach

Programa

1.

Serguéi Rajmáninov. Concierto para piano nº 3 en re menor, op.30 (1909)

Allegro ma non tanto
Intermezzo: Adagio
Finale: Alla breve

Josu de Solaun, piano

2.

Richard Strauss. El caballero de la rosa Opus 59, primera secuencia de valses (1909-1910) *

Franz Schreker. Valse lente, para orquesta (1908) *

Maurice Ravel. La Valse (1919-1920) *

Álvaro Albiach, director

* Primera audición por la Orquesta de Extremadura

 

Si hay un género de danza que desde el romanticismo ocupa un lugar privilegiado en el ideario compositivo, sin duda ese es el vals. Imagen de elegancia, de refinamiento, de celebración, pero también ha sido utilizado como símbolo de la decadencia de una época, de un estatus social. En este programa tenemos tres visiones distintas del vals, Strauss nos muestra la danza elegante, refinada, en el extracto de valses de su magistral ópera El caballero de la rosa. Schreker nos da una lectura más melancólica en su breve pero delicioso Valse lente y Ravel nos da testimonio por medio del Vals de un cambio de época, de una pérdida de privilegios de una clase caduca. El tercer concierto de piano de Rajmáninov abrirá el programa con el pianista español Josu de Solaun, que nos visita por primera vez.

De re a vals

Curioso y original programa el que hoy proponen la Orquesta de Extremadura y su titular Álvaro Albiach, con la participación solista de un pianista de tanto fuste virtuoso y artístico como Josu de Solaun, uno de los indiscutibles ases del piano español y universal de nuestro tiempo. Un programa todo él inédito en los siempre despiertos atriles extremeños, que transcurre desde el oscuro re menor del dificilísimo Tercer concierto para piano de Rajmáninov a la diversificada concentración de valses de la segunda parte, con partituras tan rotundamente geniales como las compuestas por Richard Strauss para su ópera El caballero de la rosa o la sinfónica suntuosidad raveliana de La valse. En medio, el curioso y muy poco interpretado Vals lento que compone el “degenerado” Franz Schreker a principios del pasado siglo.

Rajmáninov: Concierto para piano y orquesta número 3

“Creo en lo que podría llamarse música nacida para el piano, a pesar de que pienso que se ha escrito para este instrumento demasiada música absolutamente inadecuada. Brahms es un ejemplo notable. Rimski-Kórsakov es, probablemente, el más grande compositor ruso, y, sin embargo, nadie interpreta ya su Concierto para piano y orquesta. Por el contrario, los conciertos de Chaikovski se tocan frecuentemente, porque están bien adaptados a los dedos del pianista. Incluso a lo que concierne a mis propios conciertos, prefiero con mucho el Tercero, porque el Segundo no es cómodo de ejecutar”.

Es precisamente esta condición profundamente pianística, en la que asoma la naturaleza de virtuoso dominador de todos los resortes técnicos de Rajmánivov, la que marca la pauta de estas palabras del compositor, fechadas en 1923, es decir, años después de la primera audición del concierto que –según sus propias palabras- tenía como favorito, estrenado por él mismo como solista, acompañado por la Sinfónica de Nueva York y la dirección de Walter Damrosch, el 28 de noviembre de 1909. Su génesis se produjo poco antes, durante la primavera y el verano de aquel año, y fue compuesto expresamente con la idea de presentarlo en su debut como pianista en Estados Unidos. De hecho, trabajó en él, en un piano mudo, durante la travesía atlántica que le llevó por primera vez al país que acabaría convirtiéndose en su hogar definitivo. La partitura había sido iniciada en la residencia de verano que poseía en Ivanovka, en las cercanías de Moscú.

El concierto, configurado en tres movimientos concéntricos plagados de dificultades y exigencias técnicas, supone, como escribe Aine Alder, el apogeo de la evolución de Rajmáninov “en cuanto a la amplitud, complejidad y dificultad técnica de sus pentagramas”. “Estoy seguro”, agrega Alder en palabras plenamente coincidentes con las de Rajmáninov, “de que todos los pianistas que han interpretado este Tercer concierto han quedado maravillados de la parte solista, cuya dificultad trascendental era altamente original e innovadora para la época. Y a pesar de su excesiva dificultad, es una obra de pianista, cuyos abundantes efectos especiales y ornamentaciones no podían haber sido concebidos y compuestos sino por un pianista prodigioso”.

Esta insistencia sobre la cualidad eminentemente instrumental del único concierto para piano en re menor de Rajmáninov ha atenuado la apreciación de su valioso contenido artístico, así como también la escritura habilidosa de la equilibrada estructura concertante. La partitura, en la que el piano aparece inmerso en el denso tejido orquestal sin por ello perder en absoluto protagonismo, rebosa ideas e inspiración. Más que mermar relieve a la fabulosa grafía pianística, la opulenta orquestación no hace sino realzarla y potenciarla aún más.

El primer movimiento, “Allegro ma non tanto”, es inaugurado por el piano, que bajo un tenue colchón sonoro de la orquesta traza de manera sencilla y al unísono en ambas manos el tema principal. En este ambiente calmo y simple, nada hace presagiar las cascadas y torbellinos de notas que vendrán de inmediato. El tema es rápidamente recogido por la orquesta y enriquecido por la profusa ornamentación que dibuja el teclado. Momentos de enorme sutileza expresiva contrastan con otros episodios de virtuosismo casi insuperable, a pesar de la muy “pianística escritura” que reivindica una y otra vez el compositor. Tras un pasaje de tensa fogosidad, Rajmáninov introduce la cadencia, de la que compuso dos versiones, la segunda de las cuales es considerablemente más compleja, y se desarrolla a partir del tema principal presentado al inicio por el teclado. El movimiento concluye con una coda en la que solista y orquesta retoman el tema nuclear en atmósfera lejana y sosegada, como preparatoria del ambiente delicado que embarga el “Intermezzo” central.

El segundo movimiento, ciertamente quieto y sosegado, de honda intención cantable, contrasta con los dos movimientos que lo enmarcan. Cuerda y maderas establecen una atmósfera de contagiosa delicadeza, en la que surgen melodías de intenso dramatismo y resonancias casi wagnerianas, pero también herederas del siempre admirado Rimski-Kórsakov. Sin embargo, el tratamiento es inconfundiblemente rajmaninoviano, como la arpegiada irrupción del piano, que se extasia en un canto melancólico muy próximo a algunos preludios y estudios del propio compositor. La quietud general queda interrumpida momentáneamente en el pasaje central (“Poco più mosso”). Se trata de un scherzo “discreto y espiritual” (Manfred Kelkel) al que sucede la reexposición de la primera sección. El último tiempo, “Finale alla breve”, es un exuberante ¡y endiablado! modelo del depurado arte pianístico de Rajmáninov. Tras un sonoro acorde de la orquesta y un enervante ritmo impuesto por la orquesta, el piano se lanza desenfrenadamente a esbozar dibujos y melodías de enorme fuerza dinámica y vehemente riqueza expresiva. Todo resulta resplandeciente en este extravertido y luminoso final que parece escapar de los sombríos modos menores que impregnan tan lograda partitura, cuya orquestación comprende 2 flautas, 2 oboes, 2 clarinetes, 2 fagotes, 4 trompas, 2 trompetas, 3 trombones, tuba, timbales, percusión y cuerda.

El Concierto para piano nº 3 de Rajmáninov se interpretó por la OEX la primera vez el 16 de junio de 2011 en el Palacio de Congresos de Badajoz, a cargo del solista Leonel Morales. Al día siguiente en el Palacio de Congresos de Cáceres lo interpretamos por última vez. Jesús Amigo dirigió estos conciertos.

Richard Strauss: El caballero de la rosa (primera secuencia de valses)

Tras el lenguaje innovador y crispado hasta la violencia de Elektra (1909), y de la experiencia expresionista ya preconizada en Salome (1905), Richard Strauss renuncia a la disonancia, al atonalismo y al ya inminente serialismo schönberguiano para retrotraer la mirada a la Viena imperial de los tiempos de la emperatriz María Teresa y crear una obra maestra atemporal, anímicamente contemporánea como ninguna otra de la mozartiana Bodas de Figaro, escrita ¡125 años antes! Strauss guiña un ojo y el otro también a su ilustrísimo antecesor para rememorar la ilusión de un tiempo definitivamente perdido. El caballero de la rosa nace en 1911, en la Semperoper de Dresde, y es, en ese sentido, una extraña síntesis de comedia y drama conformada por una compleja amalgama en la que al final, después de todo, lo que queda es una agridulce reflexión sobre la fragilidad y perdurabilidad del ser humano, sujeto irremediablemente a la irreversibilidad del tiempo.

Strauss edifica una obra arcaizante y sensual marcada por ciertos elementos característicos. Entre ellos, la enorme fuerza dramática de una música capaz como ninguna otra de incorporar a la escena situaciones y sensaciones; el uso, espléndido y no exento de ironía, del vals vienés; la soberbia utilización de la melodía y una orquestación rica y refinada absolutamente magistral en la que se desarrolla un largo e ininterrumpido “discurso musical” en cuya textura aparecen y se hilvanan con gran destreza abundantes Leitmotive. Todo ello aparece maravillosamente reflejado en la deliciosa suite de valses que en 1934, casi un cuarto de siglo después del estreno de la ópera, prepara una suite orquestal que utiliza temas extraídos del tercer y último acto. Posteriormente, en 1944, Strauss preparó una nueva suite utilizando motivos de los dos primeros actos, que fue estrenada en Londres, en 1946, dirigida por Erich Leinsdorf. Ese mismo año, aún tuvo tiempo y ganas de elaborar una última y definitiva suite, conocida como “Gran Suite”, que agrupa con enorme pericia episodios de los dos precedentes, y ofrece una visión más completa del conjunto de la ópera, en la que el oyente siente la presencia de los grandes protagonistas: el grotesco Barón Ochs bailando el vals, la frágil pureza de Sophie, la pasión de Octavian y la experta lucidez de la Mariscala. Belleza, nostalgia, sensualidad, ironía, humor, delicadeza y emoción a raudales corren por los compases geniales de esta absoluta obra maestra.

Franz Schreker: Vals lento

El austriaco Franz Schreker (1878-1934) compone su Vals lento en 1908, es decir, un año antes de que Strauss concluyera Elektra y cuando en Viena se está cociendo un movimiento –el dodecafonismo- que tambalearía los cimientos del lenguaje musical. Schreker, “músico degenerado” como tantos otros judíos de su época y entorno, ha quedado en la historia de la música fundamentalmente como compositor de óperas, de las que, siguiendo la senda wagneriana, él mismo era libretista. Títulos como  Der ferne Klang (1912), Das Spielwerk und Prinzessin (1913), Die Gezeichneten (1918), Der Schatzgräber (1920) Der singende Teufel (1928) son puntos álgidos de una carrera creadora cargada de avatares y en la que la enseñanza –fue director de la Musikhochschule de Berlín y profesor de composición en la Akademie der Künste de la capital prusiana, y maestro de músicos como  Berthold Goldschmidt, Alois Hába, Jascha Horenstein, Ernst Krenek, Artur Rodziński, Stefan Wolpe o Grete von Zieritz- siempre ocupó lugar esencial.

Romántico tardío y próximo en este sentido a Richard Strauss, fue reflejo como el muniqués de la corriente neowagneriana que impregnó la Europa de finales del XIX, y como él también trufó su obra con el expresionismo que se abría paso en los ambientes artísticos de su tiempo fracturado. Hasta caer en desgracia tras llegar el partido de Hitler al poder en enero de 1933 –Schreker murió un año después-, sus óperas, que eran representadas en los años veinte en los teatros del área germánica incluso con la asiduidad de las de Wagner, quedaron proscritas y su nombre ensombrecido, hasta su redescubrimiento reciente, hace apenas tres décadas.

Su Vals lento se inserta en la moda que imperó a finales del siglo XIX y principios del XX de recurrir en el ámbito de la música de concierto e incluso de la ópera a la suave sensualidad del vals. Es el caso, por ejemplo, de páginas tan geniales comas las que escribe Strauss para El caballero de la rosa o el célebre y más que melancólico Vals triste de Sibelius. El de Schreker que hoy se escucha en los atriles de la Orquesta de Extremadura fue compuesto para Elsa Wiesenthal (una de las dos hermanas bailarinas que protagonizaron la pantomima de su ballet Der Geburtstag der Infantin), y en su partitura llama la atención su denso lenguaje armónico, que combina el cromatismo wagneriano con una rica paleta de sutiles colores orquestales que parece surgida de la pluma de Debussy o Fauré. Estructuralmente, se inicia con una introducción que portica la irrupción sucesiva de de dos valses diferentes, que son amalgamados por un interludio cantado por el oboe. Ambas valses acabarán fusionados en una coda que combina reminiscencias de ambas melodías y cierra la obra en un quieto y cuidado diminuendo.

Schreker, prematuramente muerto en 1934, víctima de un infarto cerebral con tan solo 55 años, no pudo escuchar jamás esta pequeña gran página sinfónica, que quedó inédita hasta 1984, cuando fue estrenada por la Orquesta Sinfónica de la Radio de Berlín en un concierto conmemorativo del 50 aniversario de su muerte.

Maurice Ravel: La Valse

Culmina el concierto con la orgiástica apoteosis del vals de Maurice Ravel. El “poema coreográfico” La valse fue escrito entre 1919 y 1920, y estrenado el 12 de diciembre de 1920 por la orquesta de los Concerts Lamoureux dirigida por Camille Chevillard. Sin embargo, la idea de componer “un ballet titulado Viena que sería una apoteosis sobre el vals” como homenaje a Johann Strauss rondaba por la cabeza de Ravel ya desde 1906. Sin embargo, el estadillo de la Primera Guerra Mundial dio al traste con el proyecto. Años después, en 1920, ya concluida la primera Gran Guerra, Ravel recuperó la idea original, pero ya no propiamente como ballet, sino como una pieza unitaria de menos de quince minutos, aunque igualmente concebida para ser bailada.

En abril de aquel mismo año de 1920, Ravel tocó al piano para Diáguilev junto a Marcelle Meyer la transcripción original para dos pianos del nuevo proyecto, pero el sagaz empresario ruso consideró que la obra no servía para ser bailada y rechazó programarla en sus célebres Ballets Rusos. “Esto es una obra maestra, pero no es un ballet; es la pintura de un ballet”, le dijo. A Ravel le sentó como un tiro el rechazo y el comentario, y rompió definitivamente sus relaciones personales con Diáguilev.

Impuesta primero como obra de concierto, La valse también conquistó el universo del ballet, pese a las reticencias del empresario ruso y su mal augurio: el 23 de mayo de 1929 se presentó en la Ópera de París con los mejores oropeles: con Ida Rubinstein, coreografiada por Bronislava Nijinska y dirección musical de Gustave Cloëz. De hecho, el propio Ravel revela un contenido programático muy concreto que sirve en bandeja su uso como música de ballet: “Unas nubes turbulentas dejan entrever fugazmente parejas que bailan el vals. Las nubes se disipan poco a poco y se atisba una inmensa sala repleta de una multitud que gira. La escena se aclara paulatinamente. La luz de las arañas estalla en el techo. Estamos en 1855, en una corte imperial”. Bajo el implacable ritmo en 3/4 del vals, Ravel recurre hasta a siete motivos diferentes que configuran un largo crescendo en el que, desde el misterioso pianísimo del inicio, la orquesta, maravillosamente administrada por el asombroso virtuosismo instrumentador del Ravel, por su reconocido talento para el color y la opulencia sonora y tímbrica, crea un arrollador poema sinfónico fiel a su idea de crear un “torbellino fantástico y fatal”. El ritmo obstinado del Bolero se convierte aquí, en esta nueva y casi contemporánea obra, en una verdadera apoteosis rítmica en la que el vals y su pulso contagioso marcan pauta y esencia.

© Justo Romero

Justo Romero (Badajoz, 1955) es una de las firmas más conocidas y reconocidas de la música española. Ha sido director técnico de la Orquesta Bética Filarmónica (1978-1981) y de la Orquesta de Valencia (1995-1998); fundador de la Orquesta de la Comunidad Valenciana (2005-2007), asesor artístico del Festival Albéniz de Camprodón (1999-2007) y del Auditorio de Alicante (2011-2017), y Dramaturgo del Palau de les Arts Reina Sofía de Valencia (2005-2014). Fue crítico musical de los diarios El PaísDiario 16 y El Mundo, así como en la revista Scherzo y otras publicaciones especializadas. Su extensa bibliografía incluye títulos como Sevilla en la óperaAlbénizEl Gato MontésFallaEl Padre Soler en el Archivo Ducal de Medina-SidoniaCristóbal Halffter, este silencio que escuchoChopin. Raíces de futuro, y El piano 52+36. Ha dictado conferencias y dirigido seminarios en múltiples países y universidades. Desde 2016 es crítico del diario Levante.

Josu de Solaun

Josu de Solaun es el ganador del Primer Premio en el XIII Concurso Internacional de Piano George Enescu de Bucarest (2014), cuya lista de ganadores incluye nombres ilustres del piano moderno, tales como Radu Lupu y Elisabeth Leonskaja. Se trata del único español ganador del certamen en sus casi 60 años de su existencia. Asimismo, en 2006, Josu obtuvo el Primer Gran Premio en el XV Concurso Internacional de Piano José Iturbi, siendo de nuevo el único pianista español galardonado en sus más de 30 ediciones. Igualmente, en 2009 recibió el Primer Premio y Premio del Público en el Primer Concurso de Piano de la Comunidad Europea celebrado en Praga, donde fue elegido como único pianista representante de España, y donde tocó en la final con la Orquesta de la Radio Checa el Tercer Concierto de Rachmaninov. Entre sus otros galardones destacan el Helen Cohn Award y el Young Concert Artists de Nueva York, y los concursos “Ricardo Viñes” y “San Sebastián” en España. 

Ha actuado como solista con orquestas como la del Teatro Mariinsky de San Petersburgo, Orquesta de Cámara Rudolf Barshai de Moscú, Orquesta Filarmónica La Fenice de Venecia, Orquesta de la RTVE, Orquesta de la Radio y Televisión RTE de Dublín, Orquesta Sinfónica Nacional de Colombia, Orquesta Nacional de la Radio de Bucarest, Filarmónica George Enescu de Bucarest, Filarmónicas de Ploiesti, Timisoara, Iasi, Targu Mures, Satu Mare, Brasov, Bacau, Oradea y Ramnicu Valcea en Rumanía, Orquesta Leos Janacek (Orquesta de la Radio Checa), Orquesta Nacional de Moravia (República Checa), Port Angeles Symphony de Washington, Monterey Symphony Orchestra de California, Real Filharmonia de Galicia, Orquesta de Valencia, Sinfónica de Euskadi, Virginia Symphony Orchestra, American Ballet Theater Orchestra de Nueva York, Filarmónica de la Ciudad de México y Orquesta Sinfónica de Bilbao, entre muchas otras.

Es graduado por la Manhattan School of Music de Nueva York, donde estudió durante 12 años bajo la tutela de la pianista rusa Nina Svetlanova y el pianista cubano Horacio Gutièrrez. En España estudió con Ricardo Roca, María Teresa Naranjo y Ana Guijarro.

Como recitalista, ha actuado en España, Rumanía, Rusia, Ucrania, Italia, Bulgaria, Japón, China, Taiwán, Estados Unidos, Chile, Suiza, Francia, República Checa, Holanda, Alemania, México, Reino Unido y Canadá, en salas como el Kenneddy Center de Washington, Carnegie Hall, Metropolitan Opera de Nueva York, Athenaeum de Bucharest,  Sala Silvestre Revueltas de México, Teatro Monumental de Madrid, Auditorio Nacional de Música de Madrid, Salle Cortot de París, Southbank Centre de Londres, Schumann Haus de Leipzig, Palau de la Música y Palau de les Arts de Valencia. Ha actuado como solista bajo la batuta de directores como Christian Badea, Ramón Tebar, Rossen Milanov, Christoph König, Gheorghe Costin, Romeo Rimbu, Enrique García Asensio, Robert Houlihan, JoAnn Falletta, Ilarion Ionescu-Galati, Radu Postavaru, Jonathan Pasternack, Horia Andreescu, Tiberiu Soare, Ormsby Wilkins, Bruno Aprea, Justus Frantz, Karl Sollak, Ovidiu Balan, Alexis Soriano Monstavicius, Max Bragado, Yaron Traub, Miguel Ángel Gómez Martínez, Paul Daniel,  Constantine Orbelian, Marco de Prosperis y Francisco Valero, entre otros. 

Su discografía incluye un disco con obras de Stravinsky para NAXOS (2016) y las obras completas para piano de George Enescu en tres discos para NAXOS (2017), “Schumann y Brahms para IBS CLASSICAL (2019), Tríos Haydn (NAXOS), Música de Cámara (CENTAUR RECORDS),  y las Sonatas con violín y piano para el sello AUDITE (2019).

Programa 14

Temporada de conciertos

2019-2020
Rajmáninov. Concierto para piano nº 3 R. Strauss. El caballero de la rosa, primera secuencia de valses Schreker. Valse lente Ravel. La Valse

El Vals

28 de mayo Badajoz 29 de mayo Cáceres
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