Notas al programa
Compartir experiencias resilientes genera cierta sensación de alivio. Exige no ocultar las emociones, arrojar destellos de esperanza y ser exquisito en los detalles. Lo sabe quien intenta atravesar uno de los terrenos más fértiles de la creación actual: el que mira de frente al presente. La música de Nicola Campogrande (Turín, 1969) emerge del mismo mundo que el compositor habita. Su rápida capacidad de reacción la hace directa hasta revolverse en una dimensión hedonista de la escucha. Campogrande afirma inventar aquello que le gusta, que le emociona, que le divierte. Todo en su obra está abierto a la comunicación, a recuperar el contacto con el público. No es de extrañar que la crítica inunde constantemente su obra de conceptos que indagan en la positividad o que la palabra “alegría” surja entre las más repetidas. Esta consciencia artística le ha llevado a transitar por senderos que buscan la comunicación, la cercanía, la misma que transmite su voz tras el micrófono desde la radio o el entusiasmo de su escritura para las secciones culturales de la prensa italiana y la sencillez con que destila su pensamiento musical en las páginas de sus tres libros. Ahí es donde Campogrande acentúa una disposición creativa que consigue atisbarse en alguno de sus títulos: Cómo escuchar música clásica y vivir feliz (2015). La historia completa de un género parece reunida en su Sinfonía n.º 1, obra encargo del Sochi Winter International Arts Festival 2020. Tras el estreno mundial ruso en febrero de 2020 y su reciente audición en Florencia por la Orchestra della Toscana (2021), la Orquesta de Extremadura asumirá el estreno en España. En la Sinfonía nº 1, Nicola Campogrande se bate con la tradición para tejer hilos con nuestro tiempo, un tiempo que el compositor considera “tan sorprendente, intenso, trágico y vital, que merece ser reparado de nuevo en una sinfonía”. Su intento es un reto en el que afrontar los vaivenes de un género que gozó de vitalidad desde Haydn hasta Shostakovich y que se despertó tímido ante los conflictos que tambalearon al pasado siglo. El núcleo del vocabulario sonoro de Campogrande se alimenta de un refinamiento técnico dirigido con mimo al oído de quien la toca y de quien la escucha. Esta convivencia con el placer auditivo revela la vocación expresiva de su Sinfonía nº 1 en las indicaciones expresivas de sus propios movimientos: Allegro, light – Largo, peaceful – Allegro, playful – Largo, but fraught with tensión. Luminoso, pacífico, gracioso, lleno de tensión son calificativos que traspasan esa mirada al pasado para ensanchar el presente desde una dimensión creativa optimista, inmersa en la sensibilidad de la construcción melódica, en la transparencia rítmica, en las profundidades emotivas de la consonancia capaces de conmover, de hacer vibrar los desafíos que acompañan nuestra actualidad.
Los viajes por la historia también están latentes en el susurro remoto de una voz en sueños. La fascinación por Shéhérazade es tan legendaria como los cuentos que la protagonista narraba infatigable en Las mil y una noches. Las infinitas invenciones que nacían al calor de fórmulas narrativas como “Je voudrais voir…” (“Me gustaría ver”, o “Quisiera ver”) estimularon la curiosidad de Maurice Ravel (1875-1937). El compositor francés evocó en esta fantasía oriental un traslado imaginario a la antigua Arabia, a la India y hasta la China en su ciclo de canciones Shéhérazade (1904). No era la primera vez que Ravel se sentía atrapado por el personaje persa, a quien pretendió dedicar una ópera que desembocaría finalmente en su primera obra sinfónica: Shéhérazade, ouverture de féerie (1898). Inmerso en la vida social y cultural de los salones parisinos, Ravel encontró a su colaborador dentro del grupo Les Apaches. Bajo el seudónimo wagneriano de Tristán Klingsor, el escritor Arthur Leclère (1874-1966) firmó los tres poemas en verso libre que inspiraron a Ravel en su regreso a la fantasía de Shéhérazade: Asie, La Flûte enchantée y L’Indifférent. En primera audición por la Orquesta de Extremadura, escucharemos el lirismo y la sensualidad palpables de Shéhérazade en la voz de la mezzosoprano Clara Mouriz y bajo la dirección de Daniel Smith. La canción más extensa, Asie, nos revela a un narrador imaginario que escapa de la vida cotidiana a la ensoñación de una travesía cada vez más febril. En esta Asia repleta de fábulas, el protagonista “quisiera ver” hermosos turbantes de seda, a los eruditos que disputan sobre la poesía y la belleza, ver rosas y sangre o ver morir de amor hasta interrumpir plácidamente el relato con el sabor que ofrece una taza entre los labios. Ravel pinta este cuaderno de viaje con reminiscencias sonoras que beben de la modalidad para recrear un Oriente que serpentea en el oboe, en las palabras que la voz degusta mientras la orquesta juega con las distancias en los contrastes melódicos. En La Flûte enchantée, el estatismo del canto nos sugiere el estado hipnótico de la narradora cuando el sonido lejano de una flauta vuela hasta acariciar la mejilla de la prisionera protagonista como un misterioso beso. Por el contrario, L’indifferent bucea en la ambigüedad sexual de alguien inalcanzable, cuyos labios cantan en el umbral de una puerta “en una lengua desconocida y encantadora como una música desafinada”, para alejarse indiferente y continuar con su camino. La música de Ravel persigue sensaciones, olores, colores, pinceladas de imágenes embriagadas de un ímpetu que flota entre la realidad y el sueño.
Desde lo onírico, retornamos al paseo circular por la forma para culminar con el esfuerzo de crear una primera sinfonía. El compositor británico Edward Elgar (1857-1934) no concibió su Sinfonía nº 1 en la bemol mayor, op.55 hasta alcanzar los cincuenta años y completaría únicamente una sinfonía más, junto a los esbozos de una tercera inacabada. En una carta de 1901, Elgar mencionaba aquella “sinfonía que trataba de escribir” con la promesa de dedicarla a la amistad con Hans Richter, el célebre director de orquesta que afrontaría los estrenos de algunas de sus obras más emblemáticas, como las Variaciones Enigma (1899). Una estancia en Roma favoreció la creación del primer movimiento de la sinfonía (Andante, nobilmente e semplice – Allegro) y, según declaraciones de su esposa, la escritora Caroline Alice Roberts, en una carta fechada en el verano de 1907, Elgar había escrito una melodía como la “hermosa pieza de un río, donde podías escuchar el viento que mece los juncos en el agua”. Estas palabras remiten al tema principal de la sinfonía, que Elgar finalizaría en 1908. Al año siguiente, la obra se recibiría con éxito en casi un centenar de interpretaciones por el mundo. Admirador de las sinfonías de Mozart y Brahms sobre las que impartía sus clases como profesor en la Universidad de Birmingham, no sorprende que Elgar destinara su obra a la estructura familiar en cuatro movimientos, con el Allegro molto y el Adagio acotados por dos movimientos más rápidos en sus extremos. Su intuición tímbrica crea una impresión de fluidez desde la sutileza del cambio constante. Así, a la solemnidad del pleno de la orquesta le sorprende un pizzicato en las violas, el murmullo del arpa, el solo de violín que ensalza el segundo movimiento, el lirismo de la sección de cuerda que despega en el Adagio o el impuso rítmico de la marcha que articula su final. El carácter unitario de la sinfonía se desvela tras los redobles del ominoso timbal de apertura: su tema principal, adecuado a la expresión “nobilmente e semplice” (“noble y simple”). Este inicio posee un sentido cíclico y será la mano que guíe cada una de las múltiples variantes melódicas que atraviesan la obra hasta su reaparición al cierre de la sinfonía. En su primer intento, Elgar apeló al género por antonomasia desde una motivación más íntima que cualquier pretensión descriptiva: “No hay una idea programática más allá de una amplia experiencia de la vida humana con una gran caridad (amor) y una enorme esperanza en el futuro”. La misma actitud entusiasta es la que concilia las tres obras de este cuarto programa sinfónico donde palpita la historia.
© Carmen Noheda
Carmen Noheda es investigadora posdoctoral Margarita Salas en el Centre for Research in Opera and Music Theatre (University of Sussex). Es doctora en musicología con Premio extraordinario de doctorado por la Universidad Complutense de Madrid, licenciada en historia y ciencias de la música (UCM) y titulada superior en clarinete (RCSMM), con ambos premios de fin de carrera. Entre 2015 y 2019 disfrutó de un contrato predoctoral de Formación del Profesorado Universitario (UCM) y ha realizado estancias de investigación en Seoul National University, University of California Los Angeles y Universidade Federal do Rio de Janeiro. Recientemente, ha trabajado en el archivo musical del compositor Luis de Pablo (ICCMU-SGAE, 2021) y colabora regularmente en actividades de divulgación con la OCNE, CNDM, Teatro Real, ORCAM, Ópera Joven de la Diputación de Badajoz, Fundación SGAE o Radio clásica de RNE. Su línea de investigación se centra en la ópera contemporánea española.
Clara Mouriz
Clara Mouriz es una de las mezzosopranos más apasionantes de su generación, poseedora de una bella voz, ágil en la coloratura y profundamente expresiva.
Ha trabajado con las principales orquestas de nuestro país y por muchas otras en el extranjero: BBC Philharmonic, Scottish Symphony Orchestra, Sveriges Radios Symfoniorkester, English Chamber Orchestra, Gurzenich-Orchester Köln, Royal Northern Sinfonia, Tonhalle-Orchester Zürich, Hong Kong Philharmonic Orchestra, BBC Symphony Orchestra… siendo dirigida por maestros de la talla de Frühbeck de Burgos, Alberto Zedda, Juanjo Mena, Günter Neuhold, Pablo González, Andrew Goulay, Jun Märkl, Sin Andrew Davis, Christian Zacharias, Erik Nielsen, Daniel Harding, Aleksandar Markovic, Lionel Bringuier, Alexander Shelley, entre otros muchos.
Clara Mouriz es invitada con regularidad a festivales del prestigio de: Proms londinenses, Oxford Lieder Festival, Brighton Festival, Quincena Musical de San Sebastián, Festival Musique en Côte Basque, Edinburgh International Festival, Leeds Lieder, o Antwerp-deSingel, por citar algunos.
Su intensa actividad como cantante de música sinfónica le ha llevado a actuar en teatros y auditorios de prestigio: Royal Albert Hall, Théâtre du Capitole de Toulouse, Amsterdam-Concertgebown, London-Wigmore Hall, Malmö Opera Sweden, Tokyo Opera-city, Opera de Saint-Moritz, además de los principales de nuestro país.
Entre sus recientes compromisos destacan: Cherubino en Le nozze di Figaro (Mozart) en el Teatre Principal de Palma, Requiem de Michael Haydn en La Quincena Musical de San Sebastián con dirección de Christian Zacharias, Shéhérazade de Ravel con la Orquesta Sinfónica de Bilbao y Erik Nielsen, Misa en do menor “La Grande” de Mozart con la Orquesta Sinfónica de Navarra, recital con el Myrthen Ensemble en el Wigmore Hall, Novena Sinfonía de Beethoven con la Orquesta Sinfónica de Madrid, Ein sommernachtstraum de Mendelssohn con la Orquesta Sinfónica de Tenerife y dirección de Guillermo García Calvo, así como una serie de conciertos junto a la Orchestre Symphonique de Montréal y Juanjo Mena interpretando El sombrero de tres picos, El amor brujo de Falla y las Cinco canciones negras de Montsalvatge.
Daniel Smith
El director de orquesta australiano con sede en Europa, Daniel Smith, tuvo reconocimientos internacionales después de ganar el Primer Premio, el Golden Baton and the Orchestra’s Choice Prize, en el Concurso Internacional de Dirección de la UNESCO (en memoria de Grzegorz Fitelberg), así como Segundo Premio en el prestigioso Premio Internacional Sir Georg Solti del Concurso de Dirección. Su tercer éxito fue el Primer Premio en el Concurso Internacional de Dirección de Ópera de Mancinelli junto con el premio Orchestra’s Choice en el Concurso Internacional de Dirección Lutoslawski. Fue director principal invitado del Teatro Carlo Felice en Italia (2017-2019).
La musicalidad, la energía y el espíritu de Daniel crean una relación estrecha tanto con los músicos como con el público. Siguiendo su debut de gran éxito como el primer australiano en dirigir la Orquesta Mariinsky, también ha dirigido la Filarmónica Checa, Filarmónica de Londres, Orquestra de la Comunitat Valenciana de España en el Palau des les Arts, Reina Sofía y Real Orquesta Sinfónica de Sevilla, Orchestra Sinfonica Nazionale della RAI, Maggio Musicale Fiorentino, Teatro dell’Opera di Roma, Teatro San Carlo, Opera Australia, Ópera Nacional de Noruega, Varsovia Filarmónica Nacional, Sinfónica de Radio de Frankfurt, Filarmónica de Nuevo Japón, Sinfónica Nacional RTÉ de Irlanda, Sinfónica de Indianápolis, Sinfónica Nacional Danesa y la Ópera Nacional Griega, entre otras.
Daniel también ha dirigido en festivales como World Expo, Stars of the White Nights, Mozarteum Festspiele, Festival de verano de Järvi, Estate Musicale Chigiana Siena, Festival de música de Aspen, Festival de las artes olímpicas de Sidney, MiToFestival y Proms, Cracovia.
Las próximas actuaciones esperadas incluyen una nueva producción de Don Giovanni, dirigida por John Fulljames con la Ópera Nacional Griega, una nueva producción de Turandot, dirigida por Manu Lalli en el Festival de Ópera de Puccinien, una gira sinfónica con el virtuoso William Barton y la Filarmonica Toscanini, y actuaciones con la Orquesta Sinfónica de Bilkent, Filarmónica Báltica, Orquesta Filarmónica de Belgrado y Ópera Australia. Daniel debuta en el Festival de Ópera Rossini de Pesaro, en el Teatro Mariinsky y en la Ópera de Sídney. La dirección de Il viaggio a Reims de Rossini confirmó su éxito como director de ópera. Ha trabajado en ópera un repertorio que incluye La traviata y Tosca (junto al difunto director Franco Zeffirelli); así como Il barbiere di Siviglia, Cavalleria rusticana, Così fan tutte, Don Giovanni, Don Pasquale, L’elisir d’amore (Ópera Den Norske), La fanciulla del West, Der fliegende Holländer, Gianni Schicchi, La Rondine, Der Rosenkavalier, Suor Angelica, Turandot, Ilviaggio a Reims (Ópera Australia, puesta en escena por D. Michieletto), Wozzeck y An American in Paris.
Recientemente, Daniel lanzó su nueva fundación benéfica: «The Daniel Smith Gift of Music Foundation», para donar entradas a aquellos que normalmente no podrían asistir a conciertos debido a limitaciones financieras, enfermedad o discapacidad.
Daniel estudió dirección con Jorma Panula, Neeme Järvi, Gianluigi Gelmetti, Hugh Wolff, Peter Gülke, Imre Palló y Harry Spence Lyth. Tiene un Máster de música del Conservatorio de Música de Sídney y recibió becas del Trinity College London, la American Academy of Conducting en Aspen y la Universität Mozarteum Salzburg.
