Notas al programa
Por baja a última hora de uno de los solistas que interpretarían Cantos sobre la Tierra, concierto para dos pianos, de Daahoud Salim Álvarez, se sustituye esta obra por la Obertura en sol menor, de Anton Bruckner.
La evolución de la música a lo largo de su historia es sencillamente fascinante. Si uno mira las primeras sinfonías de Beethoven, cercanas al año 1800, para luego reparar en que los Ballets rusos de Stravinsky fueron concebidos apenas un siglo después, pareciera que el asunto se tratase de una pantomima. Igual de fraudulento nos sonaría de primeras el relato de que las obras que hoy en día llenan (¡y ponen en pie!) auditorios enteros, en su día pudieran ser flagrantemente condenadas. Pero es que si hay algo tan fascinante como la evolución de la música a lo largo del tiempo, es sin duda la evolución de una obra musical concreta a lo largo del tiempo. Quizá la sociedad necesite pasar por ciertas experiencias históricas para poder observar una música desde el prisma más certero. Quizá sea difícil asimilar al momento una nueva propuesta estética en el arte. Ciertamente, puede ser una suma de varios motivos. Pero quizá, tirando de humildad, la clave de la cuestión resida en que la mente y la sensibilidad de los genios vaya demasiado por delante de la del resto de los mortales.
Para empezar, situémonos en la época de Anton Bruckner. Hay ciertas ciudades que representan en sí mismas el esplendor artístico de una época. Es posible que el caso más sonado pueda ser la París de comienzos de siglo XX, punto álgido de la conocida como Belle Époque. Pues bien, en la época cercana a 1870 la referencia musical europea era indiscutiblemente Viena, cimentada sobre la herencia de los Haydn, Mozart o más recientemente Schubert. Y no solo música, sino filosofía, literatura… todo pasaba por Viena. Por allí sentaba cátedra nuestro protagonista Anton coincidiendo con su némesis musical, el alemán Johannes Brahms, quien residiría en la capital austríaca las últimas décadas de su vida. Por allí estudiaba y se nutría de ideas un jovencísimo Gustav Mahler. También era un visitante habitual Wagner, exponente musical supremo por aquel entonces. Incluso apenas nacían los transgresores Schoenberg, Webern y Berg, conocidos precisamente como la ‘Segunda escuela de Viena’.
Para que se hagan una idea, en el margen de tan solo dos semanas Viena acapararía el estreno de dos clásicos del repertorio. El 16 de diciembre de 1877 sonaría por primera vez la Tercera Sinfonía de Bruckner, mientras que el día 30 lo haría la Segunda de Brahms. La catastrófica acogida de la una contrasta significativamente con el júbilo que generó la otra. Gran parte del público e incluso algunos miembros de la orquesta abandonarían la sala con la Tercera aún inconclusa. Entre los pocos que llegarían al final estaba un entusiasmado Mahler, quien (citando al gran musicólogo Federico Sopeña) se acabaría sintiendo en sus últimas composiciones mucho más discípulo de Anton que como alumno de universidad.
Bruckner fue, a su manera, el gran pionero de las grandes dimensiones dentro del género sinfónico, así como también en el modo de plantear las estructuras formales. Beethoven con su Sinfonía Eroica y la Novena había plantado la semilla de una nueva concepción del género, pero fue Bruckner quien transformó la excepción en la regla, frecuentando los movimientos cercanos a la media hora de duración. Bajo el criterio de quien escribe estas líneas, es en esta Tercera cuando, tras varios intentos compositivos, finalmente lograse un resultado plenamente satisfactorio.
Anton proyectó su particular personalidad en sus sinfonías; su célebre aritmomanía (tendencia a contar compulsivamente objetos o elementos similares) se tradujo en la repetición recurrente de patrones rítmico-melódicos en sus obras, y su formación como organista es palpable en las notas pedal y la longitud de las armonías. Incluso su inseguridad crónica derivó en revisiones sistemáticas de cada partitura que engendraba. Si a esta escritura ya algo tediosa de por sí se le suma la falta de una presencia lírica protagonista, puede entenderse la dificultad del oyente en conectar con la música a primera escucha. Pero ahí reside la belleza de la obra de Bruckner, que lejos de ser ‘fast food’ consta de una espiritualidad y una grandiosidad más afines a la idea de un Dios que a las características de un ser humano. Una propuesta artística cuyo paciente mensaje, en una época donde tenemos todo al alcance de un ‘click’, es más apreciado que nunca. Paradojas de la vida…
Esta sinfonía esconde una maravillosa historia que sin duda merece ser compartida. Bruckner profesaba una adoración fuera de lo común por Richard Wagner, a quien no dudó en calificar como “el mundialmente famoso e inalcanzable Maestro de la música y la poesía”. Cuando hubo concluido sus segunda y tercera sinfonías, dos trabajos que consideraba de calidad, se decidió finalmente a visitar al Maestro para presentarle ambas obras y pedirle permiso para dedicarle la que más le agradase. Tras examinar las partituras al piano, Wagner se decidió por la Tercera y para celebrar el acuerdo brindaron con abundante alcohol… ¡tanto que al día siguiente Anton no podía recordar cuál había sido la sinfonía escogida por el Maestro! Tras contactarle por carta, Wagner afirmaría que era “la de la trompeta”, en referencia al solo de trompeta que abre y cierra esta sinfonía, que además contenía diversas citas de óperas wagnerianas (al menos en su versión original). De aquel surrealista encuentro nacería una amistad que se prolongaría hasta la muerte del Maestro Wagner en 1883.
Por si todos estos alicientes no fuesen suficientes, este concierto supone la vuelta del maestro Álvaro Albiach, titular de nuestra formación extremeña durante casi una década, quien estrena esta vez estrenando su posición en calidad de Principal director invitado.
¡Bienvenido de nuevo a casa, Maestro! Y ustedes, disfruten del concierto.
© Jorge Yagüe
Jorge Yagüe (Madrid, 1996) es director titular de la Joven Orquesta Leonesa y del Ensemble Galilei. Se ha puesto al frente de agrupaciones de la talla de la Joven Orquesta Nacional de España, la Orquesta de Extremadura, la Janacek Philharmonic Ostrava o la Orchestra Senzaspine, actuando en escenarios como el Auditorio Nacional, el Teatro dei Rinnovati, el Auditorio Ciudad de León o el Palacio de Congresos de Badajoz.
Yagüe realizó sus estudios superiores en dirección de orquesta en el Centro Superior Katarina Gurska con el Maestro Borja Quintas, ampliándolos posteriormente en la Academia Chigiana (Siena) de la mano del Maestro Daniele Gatti.
Álvaro Albiach
Álvaro Albiach es principal director invitado de la Orquesta de Extremadura.
