Notas al programa
El tiempo es la dimensión del universo más desconcertante porque, por un lado, nos sentimos sus esclavos y, por otro, pareciera que nuestras mentes lo moldean como barro fresco en función de los acontecimientos que nos rodean. Es aquello que se suele decir de que un día con la persona querida dura unos segundos y unos segundos de dolor intenso se perciben como siglos. O aquello otro que dijo un revolucionario de que “hay décadas en las que no ocurre nada y hay semanas en las que ocurren décadas”. Así las cosas, esta temporada de abono llamada Conmoción, haciendo honor a su título, nos deja vivencias tan intensas que pareciera que no caben en un solo año al tiempo que, paradójicamente, la percibimos como una recién nacida cuando su fin está a punto de llegar con este Latigazo orquestal.
Culminamos pues este trayecto con tres obras formidables y el protagonismo inconfundible de Maurice Ravel, el más hábil artesano de la orquestación que haya existido. El concierto se abre con un acercamiento a la figura de Andrés Gaos Berea. Nacido en 1874 en una familia de comerciantes musicales, Gaos estudió violín con maestros de la talla de Jesús de Monasterio y Eugène Ysaÿe. No tardó en establecerse en Buenos Aires donde transcurrió la mayor parte de su vida. En 1937 fue designado por el gobierno para organizar una muestra de música argentina para la Exposición Internacional de París. En un principio Gaos pensó en presentar dos obras para tal evento: su poema sinfónico Granada y parte de lo que sería su Sinfonía n.º 2 En las montañas de Galicia. Sin embargo, anticipándose a una polémica en ciernes derivada de que una muestra de música argentina presentara dos obras de marcado carácter ibérico, sustituyó la segunda por una pieza sin connotación nacional alguna, Impresión nocturna para cuerdas. Una página de intensa emotividad y un carácter elegíaco tan marcado que fue designada por el propio autor poco antes de morir para que sonara en su velatorio. Si bien la pieza, como buena parte de la producción de Gaos, cayó pronto en injusto olvido, hoy podemos disfrutar de ella gracias a la labor de recuperación llevada a cabo por el compositor Joam Trillo.
La música es la forma de arte más abstracta precisamente porque su material de trabajo es esa dimensión desconcertante de la que hablábamos antes y a la que llamamos tiempo. La música posee la capacidad de expandir el tiempo o de concentrarlo en un solo punto, haciendo que un suceso fugaz se convierta en un resumen, como una sacudida de experiencias comprimidas. Y así, una temporada entera titulada Conmoción, tejida a base de emociones impactantes y contradictorias, puede caber en ese microsegundo en el que la superficie de serenidad creada por la obra de Gaos se quiebra abruptamente con el golpe de látigo que abre el Concierto en sol mayor de Maurice Ravel. El intérprete para esta ocasión es digno de un cierre de temporada por todo lo alto: Alexei Volodin. Tras el latigazo, la obra de Ravel es en sí misma un compendio de sus raíces vascas, sus experiencias recientes en América y su propia concepción musical con respecto a la forma concertante. Siendo ya un autor veterano en esta época, Ravel había superado cualquier complejo derivado de las viejas críticas que le acusaban de ser un maestro de la estructura y de la orquestación, pero carente de hondura emocional. Él mismo declaró con respecto a la obra: «es un concierto en el sentido estricto de la palabra, escrito en el espíritu de los de Mozart y Saint-Saëns. De hecho, creo que la música de un concierto puede ser brillante sin pretender ser profunda ni buscar efectos dramáticos». Incluso barajó la posibilidad de titularlo Divertissement. No obstante, sabemos que él mismo se defendía ante los ataques aludiendo a su propia identidad. Así se lo escribió a su amigo Jacques de Zogheb: «Mira, se habla de la sequía de mi corazón. Es totalmente falso. Y usted lo sabe, puesto que yo soy vasco, y los vascos se abren muy poco y a unos pocos solamente». Otro amigo de Ravel apuntaba que, de hecho, el Concierto recoge elementos reciclados de una obra vasca para piano y orquesta titulada Zazpiak bat, que años antes había quedado inconclusa con el estallido de la I Guerra Mundial. El primer movimiento está pues dominado por el virtuosismo brillante, las reminiscencias de la música vasca (el solo de flautín emulando al txistu al comienzo así lo atestigua) y giros del blues y del jazz como los que tan claramente escuchábamos en su Sonata para Violín n.º 2. Ravel trató de rendir “un homenaje a la escolástica” con el hipnótico Adagio que trabajó con denuedo, tal y como él mismo le relataba a la gran Marguerite Long, dedicataria de la obra: «¡Esa frase fluida! ¡Cómo la trabajé compás a compás! ¡Casi me mata!». El tercer movimiento irrumpe con vertiginoso jolgorio representando, si hacemos caso de lo que decía Gustave Samazeuilh, amigo y compañero de viajes por el País Vasco, “una fiesta en Maule” que habría sido parte de aquella malograda Zazpiak bat.
A Modest Músorgski le habría gustado congelar el tiempo justo en el momento anterior a la temprana muerte de su amigo Víktor Hartmann, arquitecto y pintor. Para ello trasladó al piano algunos de sus diseños y cuadros (que ya son, por definición, pedazos de tiempo congelado), varios de los cuales no se conservan en la actualidad. El resultado fue Cuadros de una exposición, un alarde de portentosa imaginación y capacidad descriptiva. Décadas más tarde la obra fue llevada a la orquesta por la mano de ese gran pintor de sonidos que era Maurice Ravel. La orquestación de Ravel no se limita a potenciar el carácter de cada uno de los cuadros, sino que los eleva a una nueva dimensión de color a través de combinaciones instrumentales increíblemente sagaces y sorprendentes. ¿A quién se le habría ocurrido que una melodía de tintes arcaicos que representa a un trovador frente a un viejo castillo en brumas se le podría encomendar a un instrumento tan poco “ancestral” como el saxofón? Más que imaginar, ustedes casi podrán ver el correteo del gnomo grotesco, “un grupo de mujeres francesas discutiendo acaloradamente” en el mercado de Limoges, las burlas de los chiquillos en el parque de las Tullerías o la trémula mano tendida del judío pobre retratado por la trompeta con sordina. Intercalada entre algunos de los movimientos se encuentra la célebre melodía del Promenade, retrato del paseo que realiza quien asiste a la exposición entre cada uno de los cuadros. Pero, ojo, no se trata de un retrato estático: aunque la melodía se mantenga reconocible, su espíritu cambia como reflejo de que cada obra contemplada modifica al observador, que es lo que hace el arte con mayúsculas. Y, así pues, apreciado público, esperamos que cuando ustedes, de la mano de Andrés Salado y la Orquesta de Extremadura, traspasen el arco de La gran puerta de Kiev por la que saldremos del concierto y de la temporada de abono, lo hagan con la sensación de que algo cambió en su interior desde aquel ya lejano mes de septiembre. Deseamos que las vivencias proporcionadas por esta Conmoción que ahora concluye dobleguen la erosión del tiempo y el olvido y permanezcan con ustedes muchos años, no como antigüedades que se guardan en un desván sino a la manera de los olores de la niñez que nos permiten resucitar los momentos pasados como si duraran para siempre.
© Santiago Pavón
Violinista de la Orquesta de Extremadura y Licenciado en Ciencias Políticas y de la Administración. Es divulgador y presenta las charlas previas a los conciertos de la temporada de la Orquesta de Extremadura.
Interpretaciones anteriores
El primer antecedente de la OEX con el Concierto para piano de Maurice Ravel es del 14 de julio de 2004 y ocurrió en el Auditorio de León, interpretado por Joaquín Achúcarro y dirigido por Bruno Aprea. El último fue el 21 de mayo de 2021 en el Palacio de Congresos de Villanueva de la Serena con la solista Varvara y dirigida por Álvaro Albiach.
Cuadros de una exposición de Músorgski se interpretó por primera vez el 23 de octubre de 2008 en el Palacio de Congresos de Badajoz, dirigido por Yuli Turovsky. La última, el 26 de noviembre de 2021 en el Palacio de Congresos de Badajoz, con Miguel Romea.
Alexei Volodin
Aclamado por su gran sensibilidad y brillantez técnica, Alexei Volodin es solicitado por orquestas del más alto nivel. Posee un repertorio extraordinariamente diverso, desde Beethoven y Brahms hasta Shchedrin y Medtner, pasando por Chaikovski, Rajmáninov, Prokófiev y Scriabin.
La temporada pasada actuó con la Orquesta Sinfónica de Taipei, la Filarmónica de Shang-hai, la Orquesta Sinfónica de Hiroshima, la Orquesta Sinfónica de Israel Rishon LeZion, la Orquesta Sinfónica de Gunma, la Orquesta Filarmónica Eslovaca, la Orquesta Filarmónica de Belgrado, la Orquesta de Castilla y León, la Orquesta Sinfónica de Jerusalén y la Orquesta de la Comunidad de Madrid, entre otras.
En temporadas anteriores ha actuado con la Orchestre Symphonique de Montréal, NCPA Orchestra China, BBC Symphony Orchestra, Winnipeg Symphony, Singapore Symphony, NHK Symphony Orchestra, Orchestre de la Suisse Romande, Kyoto Symphony, Orchestre Philhar-monique de Strasbourg, Antwerp Symphony Orchestra, The Mariinsky Orchestra, Philharmonia Orchestra y St Petersburg Philharmonic. Ha trabajado con directores como Semyon By-chkov, Stanislav Kochanovsky y Robert Trevino.
Volodin actúa regularmente en recital en salas como el Wiener Konzerthaus, el Palau de la Música de Barcelona, el Teatro Mariinsky, la Philharmonie de París, la Alte Oper Frankfrut y el Auditorio Nacional de Música de Madrid. Esta temporada volverá a actuar en el Wiener Korzerthaus, Wigmore Hall, Zentrum Paul Klee, Muziekgebouw aan ‘t IJ, Dresdner Musikfestspiele, Max-Joseph-Saal der Münchner Residenz, Konzerthaus Blaibach, Frankfurter Hof, Casa da Música y en el Gran Teatro Nacional de Lima.
Como músico de cámara activo, colabora desde hace tiempo con numerosos artistas, entre ellos Igor Levit, Claire Huangci y Sol Gabetta. Entre sus anteriores compañeros de cámara se encuentran Janine Jansen, Julian Rachlin y Mischa Maisky, así como el Cuarteto Borodin, el Cuarteto Modigliani, el Cuarteto Casals y el Cuarteto Cremona. Esta temporada actúa con artistas como István Várdai y Eldbjørg Hemsing en recitales a trío y colabora regularmente con Olga Pashchenko, Claire Huangci y su esposa Edith Peña en recitales a dúo de piano.
El último álbum de Volodin con el sello Mariinsky fue el Concierto para piano n.º 4 de Prokófiev, dirigido por Gergiev. Grabado para Challenge Classics, el disco de Volodin de obras de Rajmáninov en solitario se publicó en 2013. También grabó un disco en solitario de Schumann, Ravel y Scriabin, y su anterior disco de Chopin ganó un Choc de Classica y fue galardonado con cinco estrellas por Diapason.
Artista habitual en festivales, Volodin ha actuado en el Festival Internacional de Música de Cámara de Kaposvár, el Festival Les nuits du Château de la Moutte, Variations Musicales de Tannay, el Festival Sommer de Bad Kis-singen, La Roque d’Anthéron, Les Rencontres Musicales d’Évian, el Festival La Folle Journée, el Festival Noches Blancas de San Petersburgo, el Festival Internacional de San Magnus, el Festival Interarmonía y el Festival de Pascua de Moscú.
Nacido en 1977 en Leningrado, Volodin estudió en la Academia Gnessin de Moscú y más tarde con Eliso Virsaladze en el Conservatorio de Moscú. En 2001, continuó sus estudios en la Academia Internacional de Piano de Lake Como y obtuvo reconocimiento internacional tras su victoria en el Concurso Internacional Géza Anda de Zúrich en 2003.
Alexei Volodin es un artista exclusivo de Steinway.
Andrés Salado
Andrés Salado fue titular y artístico de la Orquesta de Extremadura durante cuatro temporadas, de 2021 a 2025, y de la Orquesta Joven de Extremadura desde 2014.
