Sinfónico 01

Sinfónico 01. La Segunda Guerra Mundial. Ángeles Blancas © Ricardo Ríos

1.

Richard Strauss. Cuatro últimas canciones (1948) *
Frühling (Primavera)
September (Septiembre)
Beim Schlafengehen (Al ir a dormir)
Im Abendrot (En el ocaso)

Ángeles Blancas, soprano

2.

Serguéi Prokófiev. Sinfonía nº 5 en si bemol mayor, op.100 (1944) *
Andante
Allegro marcato
Adagio
Allegro giocoso

Álvaro Albiach, director

* Primera audición por la Orquesta de Extremadura

La segunda guerra mundial

En el primer sinfónico, y en referencia a la Segunda Guerra Mundial, los Cuatro últimos lieder de Richard Strauss transmitirán algo del ánimo crepuscular de quien sabía que pertenecía a un mundo ya colapsado. Su contrapeso en el concierto, por la parte soviética, será la Quinta sinfonía de Prokofiev, con momentos verdaderamente demoníacos.

Notas al programa

Las dos obras que componen este programa comparten una misma época, los años cuarenta del siglo pasado, y una experiencia histórica traumática, la Segunda Guerra Mundial. Pero responden a dos perspectivas muy diferentes, tanto en lo geográfico como en lo vital. Richard Strauss había mantenido una actitud bastante blanda ante el Tercer Reich, que lo había llevado desde la participación activa como presidente del Reichsmusikkammer a un discreto retiro de la vida pública, primero en Viena i después en Garmisch. Prokófiev, por su parte, había huido de su país tras la Revolución Rusa, pero volvió a él en 1936, y aunque se prestó a colaborar intensamente con el régimen comunista nunca se caracterizó por el entusiasmo soviético que Stalin hubiera deseado. El país donde nació Strauss perdió la guerra, mientras que el de Prokófiev fue uno de los principales ganadores. Y lo más curioso es que el horror de la guerra apenas se percibe ni en las Cuatro últimas canciones de Strauss (1948) ni en la Quinta sinfonía de Prokófiev (1944). Lo cual es más curioso en el caso del compositor ruso, que no pareció encontrar inspiración en aquel apocalipsis bélico, al contrario de lo que le sucedió a Strauss con sus Metamorfosis, obra un año posterior a la sinfonía de Prokófiev.

Las Cuatro últimas canciones de Strauss forman hoy en día un ciclo, una especie de obra unitaria que difícilmente nos podríamos imaginar que fuese diferente. Y sin embargo no siempre fue así. Inicialmente, Strauss se sintió atraído por el poema Im Abendrot (“En el ocaso”) de Josef von Eichendorff y por los poemas de Hermann Hesse, a seis de los cuales quería dar forma musical. Finalmente, en buena parte superado por las circunstancias y por su avanzada edad (84 años), Strauss convirtió en música solo tres de los poemas de Hesse (Frühling [“Primavera”], September [“Septiembre”] y Beim Schlafengehen [“Al ir a dormir”]). El compositor murió al año siguiente de acabar estas cuatro canciones, sin haber dejado ninguna instrucción para tratarlas como unidad. Esto no impidió a sus sucesores —en este caso su amigo Ernst Roth, editor de Universal Edition y de Boosey & Hawkes— reunirlas como ciclo y presentarlas como su última obra, o casi. Roth decidió no solo el título, sino también el orden en el que se publicarían, que no sigue el orden cronológico de composición. Con muy buen criterio por su parte, como veremos enseguida. Strauss destila en estas piezas todo su inmenso caudal de sabiduría en la orquestación, toda su complejísima técnica modulatoria, epítome de los logros conseguidos desde el Tristán hasta entonces. Decir que el tema general de estos Lieder es el final del trayecto vital es decir más bien poco. Con la excepción de Frühling, que evoca de manera muy lírica la estación florida de la vida, los otros tres poemas nos trasladan a la idea de lo otoñal, de una vida que siente cómo le llega su último suspiro y adquiere un cierto regocijo entre lo nostálgico y la aceptación del adiós. September, con una instrumentación de pura filigrana (más, si cabe), nos introduce en un ambiente crepuscular que simboliza una vejez llena de calma y de paz, y que se cierra con el que tal vez sea el solo de trompa más bello que se ha escrito jamás. Beim Schlafengehen es, en su inmensa melancolía, un canto a la serenidad y la expresión de un intenso deseo de infinito tras la muerte, con un solo de violín sencillamente inmortal. Y la despedida de este mundo, ahora de manera explícita, impregna el esplendor extático de Im Abendrot, una música que sería vano intentar describir con palabras. Dos flautines representan, con sus trinos, sendas alondras que en el poema no son sino las almas que buscan la vida eterna. La obra se cierra con un verso que nos atraviesa de parte a parte como una espada: “¿Es esto, tal vez, la muerte?”. Tal vez no haya manera más admirable de despedirse del mundo de los vivos.

En 1944, Prokófiev hacía ya 14 años que no había abordado el género de la sinfonía. Durante ese lapso de tiempo se había dedicado a otros géneros, lo que dio frutos como las dos primeras suites de Romeo y Julieta y las bandas sonoras de El lugarteniente Kijé, Alexander Nevski e Iván el Terrible. En aquellos años, y señaladamente entre 1939 y 1945, Prokófiev se mostró completamente inmune a cualquier tentación de ejercer como testigo de las realidades de su tiempo. Su creación se sitúa, en este aspecto, a las antípodas de su contemporáneo Shostakóvich, cuya voluntad “militante” impregna, al menos en apariencia, la práctica totalidad de sus obras de gran formato. No obstante, Prokófiev no dejó pasar la oportunidad de justificar su nueva sinfonía usando la neolengua del régimen en un artículo publicado en 1951 en la revista News: “Mi Quinta sinfonía fue pensada como un himno al Hombre libre y feliz, a sus poderosas fuerzas, a su espíritu noble y puro. La música había madurado en mi interior, había llenado mi alma. Esta es la música —o tal vez la idea— que de tan mal gusto parece a algunas personas en Utah [donde Maurice Abravanel había levantado polvareda al dirigir la obra en concierto]. Sin duda prefieren la música que rebaja al hombre, mitiga sus percepciones o deforma sus sentimientos más buenos”. Esta obra constituye tal vez el primer ejemplo de culminación de su estilo maduro, complejo y lleno de opuestos. Así, en el primer movimiento predomina una solemnidad no exenta de lirismo, con sus momentos de violencia. El segundo, un scherzo trepidante, es un auténtico derroche de energía al más puro estilo Prokófiev; el Meno mosso central no llega a alejarnos de esa especie de espiral incesante con toques demoníacos que caracterizan a todo el movimiento. El Adagio que lo sigue es una pieza llena de melancolía, con frecuentes incisos lacerantes a cargo de los violines en el registro sobreagudo. El clímax, en estentóreo tutti, alcanza cotas de gran dramatismo, pero se disuelve de nuevo en un tono elegíaco. Finalmente, el cuarto movimiento empieza con suavidad, citando el tema inicial del primer movimiento; pero enseguida se pone en marcha esa maquinaria tan extraordinariamente vital del ritmo y de la melodía cortante y saltarina, una forma de expresión que solemos asociar a los compositores rusos. Prokófiev lo maneja con un vitalismo y una gracia insuperables, convenientemente aderezados con el toque ácido tan típico de su brillante orquestación. Entre la percusión abigarrada y contundente, los metales contundentes y las piruetas de la cuerda, el movimiento avanza hasta una conclusión de desbordante alegría orgiástica. ¿Como una especie de victoria? Sí, es una interpretación posible…

© Guillem Calaforra

Guillem Calaforra es doctor en lingüística por la Universidad Jaguelónica de Cracovia, especialista en sociología del lenguaje y análisis crítico del discurso. Realizó estudios de violín en el Conservatorio Profesional de Música de Valencia. Creó las primeras páginas web españolas sobre Bruckner y sobre Webern, ha traducido varios textos relacionados con obras musicales y es autor de un libro de ensayos sobre música (So i silenci. Barcelona, Riurau, 2010).

Cuatro últimas canciones

Frühling (Primavera)

In dämmrigen Grüften
träumte ich lang
von deinen Bäumen und blauen Lüften,
Von deinem Duft und Vogelsang.Nun liegst du erschlossen
In Gleiß und Zier
Von Licht übergossen
Wie ein Wunder vor mir.

Du kennst mich wieder,
du lockst mich zart,
es zittert durch all meine Glieder
deine selige Gegenwart!

En la gruta crepuscular
soñé largamente
tus árboles tus aires embriagadores
tus olores y el cantar de tus pájaros.Ahora yaces descubierto
con tus ornamentos resplandecientes
pleno de luz
como un milagro ante mi.

Me reconoces de nuevo
me atraes dulcemente,
mis miembros tiemblan
tu bienaventurada presencia.

September (Septiembre)

Der Garten trauert,
kühl sinkt in die Blumen der Regen.
Der Sommer schauert
still seinem Ende entgegen.

Golden tropft Blatt um Blatt
nieder vom hohen Akazienbaum.
Sommer lächelt erstaunt und matt
In den sterbenden Gartentraum.

Lange noch bei den Rosen
bleibt er stehn, sehnt sich nach Ruh.
Langsam tut er
die müdgeword’nen Augen zu.

En el jardín enlutado
cae gélida la lluvia sobre las flores.
El verano se estremece
mansamente esperando su final.

Goteo dorado de hoja
en hoja de la gran acacia.
El verano sonríe asombrado y abatido
en el jardín agonizante.

Moroso junto a las rosas
se entretiene, buscando la calma.
Lentamente, cierra
sus cansados ojos.

Beim Schlafengehen (Al ir a dormir)

Nun der Tag mich müd’ gemacht,
soll mein sehnliches Verlangen
freundlich die gestirnte Nacht
wie ein müdes Kind empfangen.

Hände, laßt von allem Tun,
Stirn, vergiß du alles Denken,
alle meine Sinne nun
wollen sich in Schlummer senken.

Und die Seele unbewacht,
will in freien Flügen schweben,
um im Zauberkreis der Nacht
tief und tausendfach zu leben.

Cansado del día
debe recibir mi añoranza ansiosa
amigablemente la noche
como al niño fatigado.

Manos, dejad los quehaceres,
Cabeza, olvida todo pensamiento,
todos mis sentidos
desean hundirse en el sueño.

Y el alma sin vigilancia,
desea colgándose de libres alas,
vivir profunda e intensamente
en el circulo mágico de la noche.

Im Abendrot (En el ocaso)

Wir sind durch Not und Freude
gegangen Hand in Hand;
vom Wandern ruhen wir
nun überm stillen Land.

Rings sich die Täler neigen,
es dunkelt schon die Luft,
zwei Lerchen nur noch steigen
nachträumend in den Duft.

Tritt her und laß sie schwirren,
bald ist es Schlafenszeit,
daß wir uns nicht verirren
in dieser Einsamkeit.

O weiter, stiller Friede!
So tief im Abendrot.
Wie sind wir wandermüde–
Ist dies etwa der Tod?

Hemos atravesado necesidad y felicidad
cogidos de la mano;
descansamos del camino
en el campo silencioso.

Alrededor, se inclinan ya los valles
oscureciendo el día
mientras dos alondras se alzan
ensoñadoramente en el éter.

Ven y déjalas correr
pronto es hora de dormir
y así no nos perderemos
en esa soledad.

Lejana, calmada paz
tan profunda en el crepúsculo.
Cuan cansados estamos del camino,
¿es esto quizás la muerte?

Ángeles Blancas, soprano

La constante presencia de Ángeles Blancas en los escenarios internacionales la convierten en una de las sopranos españolas más destacables de su generación. La suma de sus cualidades vocales y musicales, junto a sus grandes dotes escénicas han hecho de ella una artista habitual en muchas de las programaciones del panorama operístico.

Desde su debut en un concierto con Plácido Domingo, Blancas ha actuado en muchos de los teatros más importantes del mundo como el Royal Opera House Covent Garden (Londres), Opernhaus Zürich, Gran Teatro del Liceo (Barcelona), Teatro Real (Madrid), Ópera de Washington, Carneggie Hall (New York), Fenice di Venezia, San Carlo de Nápoles, Ópera de Roma, Ópera de Montecarlo y el Teatro Colón de Buenos Aires, entre muchos otros.

Die Zauberflöte marca la salida de una carrera que desde sus inicios llamó la atención tanto de la crítica com del público. Compañera de reparto de nombres como Plácido Domingo, Leo Nucci, Jonas Kaufmann, Marcello Giordani o Carlos Álvarez, su repertorio ha estado en constante evolución con títulos que van de La fille du régiment o Semiramide a más recientemente obras como La voix humaine (Barcelona, Leipzig, Venecia y Las Palmas), La Juïve (Zürich y Amsterdam), Simon Boccanegra (Oviedo), Die Gezeichneten (Palermo), Aida (Basilea), Adriana Lecouvreur (Londres) o Andrea Chénier (Bregenzer Festspiele).

Directores de orquesta como Antonio Pappano, Thomas Hengelbrock, Nello Santi, Marco Armiliato, Rafael Frühbeck de Burgos o Alberto Zedda, y de escena como Graham Vick, Robert Carsen, Calixto Bieto, Paco Azorín o Jonathan Miller han trabajado con ella y la han elogiado extensamente. Ángeles Blancas se ha prodigado también ampliamente en el terreno del concierto y el recital.

De entre sus proyectos recientes destacan Jenufa (Kostelnicka) en Bologna y Palermo, Vec Makropoulos en Venecia y Strasbourg, Il Prigioniero de Dallapiccola en Londres, Roma y Hamburgo, o su debut en el rol principal de Salome.

Temporada

05 octubre
Badajoz

Programa

R. Strauss. Cuatro últimas canciones
S. Prokófiev. Sinfonía nº 5

Orquesta de Extremadura
Ángeles Blancas
Álvaro Albiach

Notas al programa

Las dos obras que componen este programa comparten una misma época, los años cuarenta del siglo pasado, y una experiencia histórica traumática, la Segunda Guerra Mundial. Pero responden a dos perspectivas muy diferentes, tanto en lo geográfico como en lo vital. Richard Strauss había mantenido una actitud bastante blanda ante el Tercer Reich, que lo había llevado desde la participación activa como presidente del Reichsmusikkammer a un discreto retiro de la vida pública, primero en Viena i después en Garmisch. Prokófiev, por su parte, había huido de su país tras la Revolución Rusa, pero volvió a él en 1936, y aunque se prestó a colaborar intensamente con el régimen comunista nunca se caracterizó por el entusiasmo soviético que Stalin hubiera deseado. El país donde nació Strauss perdió la guerra, mientras que el de Prokófiev fue uno de los principales ganadores. Y lo más curioso es que el horror de la guerra apenas se percibe ni en las Cuatro últimas canciones de Strauss (1948) ni en la Quinta sinfonía de Prokófiev (1944). Lo cual es más curioso en el caso del compositor ruso, que no pareció encontrar inspiración en aquel apocalipsis bélico, al contrario de lo que le sucedió a Strauss con sus Metamorfosis, obra un año posterior a la sinfonía de Prokófiev.

Las Cuatro últimas canciones de Strauss forman hoy en día un ciclo, una especie de obra unitaria que difícilmente nos podríamos imaginar que fuese diferente. Y sin embargo no siempre fue así. Inicialmente, Strauss se sintió atraído por el poema Im Abendrot (“En el ocaso”) de Josef von Eichendorff y por los poemas de Hermann Hesse, a seis de los cuales quería dar forma musical. Finalmente, en buena parte superado por las circunstancias y por su avanzada edad (84 años), Strauss convirtió en música solo tres de los poemas de Hesse (Frühling [“Primavera”], September [“Septiembre”] y Beim Schlafengehen [“Al ir a dormir”]). El compositor murió al año siguiente de acabar estas cuatro canciones, sin haber dejado ninguna instrucción para tratarlas como unidad. Esto no impidió a sus sucesores —en este caso su amigo Ernst Roth, editor de Universal Edition y de Boosey & Hawkes— reunirlas como ciclo y presentarlas como su última obra, o casi. Roth decidió no solo el título, sino también el orden en el que se publicarían, que no sigue el orden cronológico de composición. Con muy buen criterio por su parte, como veremos enseguida. Strauss destila en estas piezas todo su inmenso caudal de sabiduría en la orquestación, toda su complejísima técnica modulatoria, epítome de los logros conseguidos desde el Tristán hasta entonces. Decir que el tema general de estos Lieder es el final del trayecto vital es decir más bien poco. Con la excepción de Frühling, que evoca de manera muy lírica la estación florida de la vida, los otros tres poemas nos trasladan a la idea de lo otoñal, de una vida que siente cómo le llega su último suspiro y adquiere un cierto regocijo entre lo nostálgico y la aceptación del adiós. September, con una instrumentación de pura filigrana (más, si cabe), nos introduce en un ambiente crepuscular que simboliza una vejez llena de calma y de paz, y que se cierra con el que tal vez sea el solo de trompa más bello que se ha escrito jamás. Beim Schlafengehen es, en su inmensa melancolía, un canto a la serenidad y la expresión de un intenso deseo de infinito tras la muerte, con un solo de violín sencillamente inmortal. Y la despedida de este mundo, ahora de manera explícita, impregna el esplendor extático de Im Abendrot, una música que sería vano intentar describir con palabras. Dos flautines representan, con sus trinos, sendas alondras que en el poema no son sino las almas que buscan la vida eterna. La obra se cierra con un verso que nos atraviesa de parte a parte como una espada: “¿Es esto, tal vez, la muerte?”. Tal vez no haya manera más admirable de despedirse del mundo de los vivos.

En 1944, Prokófiev hacía ya 14 años que no había abordado el género de la sinfonía. Durante ese lapso de tiempo se había dedicado a otros géneros, lo que dio frutos como las dos primeras suites de Romeo y Julieta y las bandas sonoras de El lugarteniente Kijé, Alexander Nevski e Iván el Terrible. En aquellos años, y señaladamente entre 1939 y 1945, Prokófiev se mostró completamente inmune a cualquier tentación de ejercer como testigo de las realidades de su tiempo. Su creación se sitúa, en este aspecto, a las antípodas de su contemporáneo Shostakóvich, cuya voluntad “militante” impregna, al menos en apariencia, la práctica totalidad de sus obras de gran formato. No obstante, Prokófiev no dejó pasar la oportunidad de justificar su nueva sinfonía usando la neolengua del régimen en un artículo publicado en 1951 en la revista News: “Mi Quinta sinfonía fue pensada como un himno al Hombre libre y feliz, a sus poderosas fuerzas, a su espíritu noble y puro. La música había madurado en mi interior, había llenado mi alma. Esta es la música —o tal vez la idea— que de tan mal gusto parece a algunas personas en Utah [donde Maurice Abravanel había levantado polvareda al dirigir la obra en concierto]. Sin duda prefieren la música que rebaja al hombre, mitiga sus percepciones o deforma sus sentimientos más buenos”. Esta obra constituye tal vez el primer ejemplo de culminación de su estilo maduro, complejo y lleno de opuestos. Así, en el primer movimiento predomina una solemnidad no exenta de lirismo, con sus momentos de violencia. El segundo, un scherzo trepidante, es un auténtico derroche de energía al más puro estilo Prokófiev; el Meno mosso central no llega a alejarnos de esa especie de espiral incesante con toques demoníacos que caracterizan a todo el movimiento. El Adagio que lo sigue es una pieza llena de melancolía, con frecuentes incisos lacerantes a cargo de los violines en el registro sobreagudo. El clímax, en estentóreo tutti, alcanza cotas de gran dramatismo, pero se disuelve de nuevo en un tono elegíaco. Finalmente, el cuarto movimiento empieza con suavidad, citando el tema inicial del primer movimiento; pero enseguida se pone en marcha esa maquinaria tan extraordinariamente vital del ritmo y de la melodía cortante y saltarina, una forma de expresión que solemos asociar a los compositores rusos. Prokófiev lo maneja con un vitalismo y una gracia insuperables, convenientemente aderezados con el toque ácido tan típico de su brillante orquestación. Entre la percusión abigarrada y contundente, los metales contundentes y las piruetas de la cuerda, el movimiento avanza hasta una conclusión de desbordante alegría orgiástica. ¿Como una especie de victoria? Sí, es una interpretación posible…

© Guillem Calaforra

Guillem Calaforra es doctor en lingüística por la Universidad Jaguelónica de Cracovia, especialista en sociología del lenguaje y análisis crítico del discurso. Realizó estudios de violín en el Conservatorio Profesional de Música de Valencia. Creó las primeras páginas web españolas sobre Bruckner y sobre Webern, ha traducido varios textos relacionados con obras musicales y es autor de un libro de ensayos sobre música (So i silenci. Barcelona, Riurau, 2010).

Cuatro últimas canciones

Frühling (Primavera)

In dämmrigen Grüften
träumte ich lang
von deinen Bäumen und blauen Lüften,
Von deinem Duft und Vogelsang.Nun liegst du erschlossen
In Gleiß und Zier
Von Licht übergossen
Wie ein Wunder vor mir.

Du kennst mich wieder,
du lockst mich zart,
es zittert durch all meine Glieder
deine selige Gegenwart!

En la gruta crepuscular
soñé largamente
tus árboles tus aires embriagadores
tus olores y el cantar de tus pájaros.Ahora yaces descubierto
con tus ornamentos resplandecientes
pleno de luz
como un milagro ante mi.

Me reconoces de nuevo
me atraes dulcemente,
mis miembros tiemblan
tu bienaventurada presencia.

September (Septiembre)

Der Garten trauert,
kühl sinkt in die Blumen der Regen.
Der Sommer schauert
still seinem Ende entgegen.

Golden tropft Blatt um Blatt
nieder vom hohen Akazienbaum.
Sommer lächelt erstaunt und matt
In den sterbenden Gartentraum.

Lange noch bei den Rosen
bleibt er stehn, sehnt sich nach Ruh.
Langsam tut er
die müdgeword’nen Augen zu.

En el jardín enlutado
cae gélida la lluvia sobre las flores.
El verano se estremece
mansamente esperando su final.

Goteo dorado de hoja
en hoja de la gran acacia.
El verano sonríe asombrado y abatido
en el jardín agonizante.

Moroso junto a las rosas
se entretiene, buscando la calma.
Lentamente, cierra
sus cansados ojos.

Beim Schlafengehen (Al ir a dormir)

Nun der Tag mich müd’ gemacht,
soll mein sehnliches Verlangen
freundlich die gestirnte Nacht
wie ein müdes Kind empfangen.

Hände, laßt von allem Tun,
Stirn, vergiß du alles Denken,
alle meine Sinne nun
wollen sich in Schlummer senken.

Und die Seele unbewacht,
will in freien Flügen schweben,
um im Zauberkreis der Nacht
tief und tausendfach zu leben.

Cansado del día
debe recibir mi añoranza ansiosa
amigablemente la noche
como al niño fatigado.

Manos, dejad los quehaceres,
Cabeza, olvida todo pensamiento,
todos mis sentidos
desean hundirse en el sueño.

Y el alma sin vigilancia,
desea colgándose de libres alas,
vivir profunda e intensamente
en el circulo mágico de la noche.

Im Abendrot (En el ocaso)

Wir sind durch Not und Freude
gegangen Hand in Hand;
vom Wandern ruhen wir
nun überm stillen Land.

Rings sich die Täler neigen,
es dunkelt schon die Luft,
zwei Lerchen nur noch steigen
nachträumend in den Duft.

Tritt her und laß sie schwirren,
bald ist es Schlafenszeit,
daß wir uns nicht verirren
in dieser Einsamkeit.

O weiter, stiller Friede!
So tief im Abendrot.
Wie sind wir wandermüde–
Ist dies etwa der Tod?

Hemos atravesado necesidad y felicidad
cogidos de la mano;
descansamos del camino
en el campo silencioso.

Alrededor, se inclinan ya los valles
oscureciendo el día
mientras dos alondras se alzan
ensoñadoramente en el éter.

Ven y déjalas correr
pronto es hora de dormir
y así no nos perderemos
en esa soledad.

Lejana, calmada paz
tan profunda en el crepúsculo.
Cuan cansados estamos del camino,
¿es esto quizás la muerte?

Ángeles Blancas, soprano

La constante presencia de Ángeles Blancas en los escenarios internacionales la convierten en una de las sopranos españolas más destacables de su generación. La suma de sus cualidades vocales y musicales, junto a sus grandes dotes escénicas han hecho de ella una artista habitual en muchas de las programaciones del panorama operístico.

Desde su debut en un concierto con Plácido Domingo, Blancas ha actuado en muchos de los teatros más importantes del mundo como el Royal Opera House Covent Garden (Londres), Opernhaus Zürich, Gran Teatro del Liceo (Barcelona), Teatro Real (Madrid), Ópera de Washington, Carneggie Hall (New York), Fenice di Venezia, San Carlo de Nápoles, Ópera de Roma, Ópera de Montecarlo y el Teatro Colón de Buenos Aires, entre muchos otros.

Die Zauberflöte marca la salida de una carrera que desde sus inicios llamó la atención tanto de la crítica com del público. Compañera de reparto de nombres como Plácido Domingo, Leo Nucci, Jonas Kaufmann, Marcello Giordani o Carlos Álvarez, su repertorio ha estado en constante evolución con títulos que van de La fille du régiment o Semiramide a más recientemente obras como La voix humaine (Barcelona, Leipzig, Venecia y Las Palmas), La Juïve (Zürich y Amsterdam), Simon Boccanegra (Oviedo), Die Gezeichneten (Palermo), Aida (Basilea), Adriana Lecouvreur (Londres) o Andrea Chénier (Bregenzer Festspiele).

Directores de orquesta como Antonio Pappano, Thomas Hengelbrock, Nello Santi, Marco Armiliato, Rafael Frühbeck de Burgos o Alberto Zedda, y de escena como Graham Vick, Robert Carsen, Calixto Bieto, Paco Azorín o Jonathan Miller han trabajado con ella y la han elogiado extensamente. Ángeles Blancas se ha prodigado también ampliamente en el terreno del concierto y el recital.

De entre sus proyectos recientes destacan Jenufa (Kostelnicka) en Bologna y Palermo, Vec Makropoulos en Venecia y Strasbourg, Il Prigioniero de Dallapiccola en Londres, Roma y Hamburgo, o su debut en el rol principal de Salome.