Sinfónico 04

Sinfónico 04. Orquesta Joven de Extremadura © Félix Méndez

1.

Tōru Takemitsu. Requiem para cuerdas (1957) *

Antonín Dvořák. Concierto para violín en la menor, op.53 * (1879)
Allegro ma non troppo
Adagio ma non troppo
Allegro giocoso ma non troppo

Roxana Wisniewska, violín

2.

Antonín Dvořák. Sinfonía nº 9 en mi menor, op.95 «Nuevo mundo» (1893)
Adagio-Allegro Molto
Largo
Scherzo
Allegro con fuoco

Orquesta Joven de Extremadura
Álvaro Albiach, director

* Primera audición por la Orquesta de Extremadura

Las bombas atómicas

En el abono 4 las bombas atómicas, aunque no fueron fuente de inspiración para Takemitsu, son sugeridas por el intenso y apasionado Requiem del compositor. Para recuperarse del impacto emocional, el programa se completa con dos obras de Dvořák, el Concierto para violín y la popular Sinfonía del Nuevo Mundo.

Notas al programa

Interesante y variado programa el que nos propone para el concierto de hoy nuestra Orquesta de Extremadura, llevada de la mano, en esta ocasión, de su titular, el maestro Albiach. Y con un enigmático a la vez que espeluznante subtítulo: Las bombas atómicas.

Töru Takemitsu. Réquiem para cuerdas (1957) * (Tokio, 1930 – Tokio, 1996)

De formación primordialmente autodidacta, Takemitsu sufre una juventud llena de vaivenes sociales, políticos y familiares donde la pasión de su padre por la música tradicional japonesa, no en vano era intérprete de shakuhachi,  y por el jazz acaban echando raíces, con distinta suerte, en el ánimo del joven Töru: rechaza la música japonesa y escucha, incluso a hurtadillas en la base militar japonesa donde estaba reclutado durante la Segunda Guerra Mundial, la música occidental que emitía una emisora del ejército americano.

Pero con la madurez va impregnándose cada vez más de los instrumentos tradicionales japoneses y de las sonoridades que le traen recuerdos de su infancia. Timbres y maneras que van conformando una personalidad muy particular donde mezcla, en perfecta simbiosis, esos dos mundos tan dispares, tan alejados y tan diferentes: el occidental y el de sus ancestros.

Una cita del compositor nos puede aclarar con nitidez su pensamiento como compositor: “Me resulta embarazoso cuando me dicen en países extranjeros « ¿Por qué escribes música occidental aunque seas japonés?» Son preguntas similares a cuando los japoneses dicen: «Los extranjeros no pueden entender el teatro Noh». Algunos japoneses, sin embargo, no entienden el teatro Noh. Es más, montones de franceses no entienden a Debussy. Lo que importa es: ¿qué es comprender?”

Su Réquiem para cuerdas tuvo una génesis concreta: el dolor por la muerte de su amigo Hayasaka. Esta obra constituyó su pasaporte al éxito y al reconocimiento occidental, que era casi tanto como decir a la fama mundial pero ese importante paso, como otros tantos hitos en nuestra historia, tuvo un comienzo fortuito: en una visita a Tokio de Igor Stravinsky, durante la audición de unas cintas grabadas con música de autores nipones, los anfitriones reproducen por error la cara contraria de la cinta en cuestión, sonando el Réquiem de Takemitsu. Stravinsky pidió, expresamente, escuchar al completo la pieza y, al finalizar, la alabó expresamente. Ahí comenzó una carrera de éxito internacional que, entre otros motivos, hará que hoy nuestra orquesta nos proponga esta pieza en programa.

Takemitsu es uno de los fundadores, en 1951, del Jikken Kobo, un grupo artístico de naturaleza anti-académica interesado en la colaboración para proyectos multimedia. A partir de este grupo se da a conocer a la audiencia japonesa a un número importante de compositores occidentales, de entre los que destaca John Cage, por quien el compositor japonés tenía una especial predilección, así como Debussy, Messiaen y Webern, que también influirían poderosamente en su estilo.

Menos conocido por su faceta de creación de música para el cine japonés, Takemitsu llegó a colaborar con autores tan renombrados como Kurosawa, Kobayashi, Shindo o Ichikawa, entonces nuevos valores incipientes en el nuevo cine nacional, hoy en día autores de culto donde los haya.

La delicada pieza que nos ocupa se estructura básicamente en tres secciones de las cuales la última tiene muchos elementos que nos recordarán a la primera, esto es, en términos académicos se dice que se produce una recapitulación variada. Tras un inicio en el que se oye un tono melódico descendente, que podemos identificar con alguno de los “giros de lamento” de nuestra música de toda la vida, Takemitsu nos propone tres acordes largos, a modo de cadencia,  para preparar la entrada de una célula musical de unas pocas notas, célula a la que recurrirá repetidas veces y con frecuentes pequeños cambios o variaciones.

En la sección central, unas aceleraciones rítmicas unidas a unos cambios dinámicos muy acusados nos provocarán la sensación de agitación suficiente para identificarla con el sentimiento de zozobra y desequilibrio propios de un duelo por una separación cercana y dolorosa.

El resultado es una pieza breve, no llega a ocho minutos, íntima, riquísima en matices y delicadas sensaciones, algo así como el jardín japonés que tanto gustaba de trasladar a su música, y diametralmente opuesta a la inmensa mayoría de obras, con texto cantado en latín, con las que comparte título y pensadas en términos de alabanza y manifestación religiosa de todo tipo.

Dvořák, Concierto de violín op. 53.

Antonín Dvořák (Nelahozeves, 1841 – Praga, 1904) nace en una pequeña localidad, al norte de Praga, en lo que era Bohemia, una parte del Imperio austríaco. Demuestra, desde muy temprana edad, unas extraordinarias dotes para la música y aprende a tocar violín, piano y órgano. Tocó el violín y la viola en diversas orquestas a lo largo de su vida, incluyendo la del Teatro Nacional de Praga, que dirigía B. Smetana. Con 32 años saltó a la fama con la composición de una obra de hondo calado nacionalista, Himno patriótico. Desde entonces ya no abandonó jamás esa línea “patriótica”.

Por necesidades económicas se dedicó a la enseñanza, lo que le dejó muy poco tiempo libre para tocar y entonces la composición adquirió mayor presencia en su vida. Como ya ha ocurrido otras veces, se enamoró de una alumna pero ella no le correspondió. Ante el rechazo, y la posterior decepción, se casó con la hermana, Ana Cernakova.

Viajó bastante a lo largo de su vida y obtuvo numerosos e importantes reconocimientos en todos esos viajes. Pueden destacarse el Doctorado Honorífico de la Universidad de Cambridge, la invitación para ser miembro honorario de la Sociedad Filarmónica de Londres o el ofrecimiento que Jeanette Thurber le hace para que se haga cargo de la dirección del Conservatorio de Música de Nueva York, que Dvorak acepta y ejerce desde 1982 hasta 1985, fecha en la que vuelve a su tierra, donde fallecería nueve años más tarde.

Siempre fue un hombre sencillo, al que las distinciones y los premios no hicieron cambiar en su forma de vida, y amante de su pueblo y de su país.

Fue becado en varias ocasiones por el gobierno austríaco. El jurado seleccionador estaba presidido por Johannes Brahms quien, con el tiempo, pasó de ser protector del joven Dvorak a brindarle una duradera y profunda amistad.

El concierto para violín op.53 fue, en cierto modo, auspiciado por Joseph Joachim, tras una reunión que mantuvieron el compositor y el célebre concertista. Sin embargo, fue estrenado en Praga en 1883 por Frantisek Ondrisek, quien también tuvo a su cargo los estrenos en Viena y Londres.

Parece ser que, cuando Joachim tuvo conocimiento del resultado de la composición no quedó muy convencido y se opuso a ciertos aspectos y tratamientos del mismo. Aunque Joachim no afirmó nunca nada contra la obra en público, no dejó de poner excusas para interpretarla, hasta tal punto que no se tiene constancia de que llegara a tocarla jamás en concierto.

La estructura es la clásica de tres movimientos rápido-lento-rápido aunque la realización mantiene algunas diferencias con el esquema habitual. En lugar de la recurrente doble exposición de los temas nos encontraremos con una breve introducción orquestal de apenas tres acordes, para justificar la exposición temática a cargo del solista. El consiguiente desarrollo de este tema principal le da al concierto un aire más rapsódico que clásico y una sonoridad permanentemente bohemia.

El segundo tema principal, en el predecible tono de DO mayor, nos introduce, de nuevo, en la secuencia estructural clásica que nos incita a suponer una recapitulación final de toda la primera sección del tiempo. Pues no, se desemboca, de manera casi imperceptible, en el segundo tiempo del concierto.

El tiempo lento nos muestra la inagotable veta melódica del compositor en una interminable sucesión de bellas melodías y de un protagonismo, orquestalmente afortunado, de las trompas acompañando en varias ocasiones al violín solista. Tal es la idiosincrasia de este movimiento que ha llegado a interpretarse como pieza concertística independiente en bastantes ocasiones.

El último tiempo tiene la forma de Rondó, esto quiere decir, en términos académicos, que habrá repetidas vueltas a una melodía que se repite. En los pasajes intermedios entre estas recurrencias, Dvorak nos propone unos ritmos que volveremos a oír en la sinfonía que cierre el concierto de hoy y una atmósfera sonora también parecida a la que impregna a la mencionada sinfonía. Una nueva dosis de bellas melodías nos mantendrá el ánimo alegre mientras el violín desgrana toda una batería de recursos técnicos, de virtuosismo instrumental sin desmerecer la riqueza artística de la pieza y el lirismo desbordante del autor. El final, ya lo verán, espectacular.

Del mismo autor oiremos también la sinfonía nº 9 en mi menor, op.95 «Nuevo mundo».

Posiblemente sea su composición más célebre, compuesta en invierno de 1893. Esta pieza ha sufrido vicisitudes de numeración pues ha sido, además de la 9ª como la conoce hoy en día todo el mundo, también la sinfonía nº 5 e incluso la sexta, en función de que se atendiera a fechas de composición, edición o estreno. Corresponde al período norteamericano de Dvorak, a los años en que fue director del Conservatorio de Nueva York. Y a este mismo período pertenecen también su también conocidísimo, y bellísimo, concierto para violonchelo en SI menor, una de las mejores obras concertísticas para este instrumento, y su cuarteto de cuerdas número 12, también conocido como Cuarteto Americano, por razones obvias.

El estreno de la obra, a cargo de la Filarmónica de Nueva York, bajo la dirección de Anton Seidl, amigo de Dvorak tuvo tal éxito que el compositor escribió a su editor: “Los periódicos dicen que nunca un compositor ha disfrutado de un triunfo tan grande. El Carnegie Hall estaba abarrotado… como si visitara a un rey, tuve que hacer repetidas reverencias desde el palco en que me encontraba”.

Los elementos indio-americanos de la sinfonía fueron inventados por el propio Dvorak, como reconoció a un alumno afirmando que eso era una tontería: “Traté únicamente de escribir en el espíritu de esas melodías nacionales americanas”.

Una lenta introducción, interrumpida por varios acordes salvajes, se va abriendo paso hacía el conocido tema de las trompas que responderán, inmediatamente los clarinetes, oboes y, al poco, el tutti orquestal. Un segundo tema, de inspiración muy danzante y construcción motívica aparece a continuación y todavía habrá un tercer tema, expuesto por la flauta, que será el que más evoque el universo del oeste americano, con sus colonizadores y sus colonizados. El tiempo se cerrará con una última audición del primer tema a cargo de los metales, trompa primero y trompetas después para, por último, en una aparatosa coda final, terminar con los primeros trombones.

Un coral de metales nos sumerge en la atmósfera en la que el Sólo de corno inglés nos transportará al paraíso. La flauta será la encargada del segundo tema del movimiento, tema que retomará más tarde la cuerda. Una sección de volumen creciente, muy pastoral, nos conduce a una explosión del primer tema del movimiento anterior y, de nuevo, al solo de corno con el que se abría este movimiento y al coral con el que se cerrará magistralmente.

El principio del tercer movimiento recordará a más de un oyente al segundo movimiento de otra famosa Novena, la de Beethoven. Unos acordes, en dinámica fuerte, construyen el marco en el que suena el tema principal de este Scherzo. En el Trío serán las maderas las encargadas de exponer su consiguiente tema, de carácter elegante y jovial. Una vuelta al comienzo sirve para estructurar este tercer tiempo de la sinfonía.

El cuarto y último movimiento no sigue el esquema usual de los finales sinfónicos. Es como si reuniera el material anterior y ofreciera otra versión distinta, otra lectura además de utilizar nuevo material melódico. El resultado es enérgico, violento por momentos y siempre lírico, muy melódico. Tras un clímax poderoso, el último acorde de la sinfonía se desvanece, y nos desvanece también a nosotros, hasta la nada. Disfruten.

© Jerónimo Gordillo

Nace en Stuttgart (Alemania). Estudia flauta, piano y viola en los conservatorios de Sevilla, Badajoz y Real Conservatorio Superior de Madrid. Posee el Título de profesor de Solfeo y Repentización y los Títulos Superiores de Flauta, de Composición y de Dirección de Orquesta.

Es Doctor en Educación por la Universidad de Extremadura.

Ha dado conciertos por todo el territorio nacional como solista, en dúo con piano o en formaciones de música de cámara como cuartetos y quintetos. También formando parte de la Orquesta de Cámara de Badajoz, la Orquesta Joven de Extremadura, la Banda Municipal de Badajoz y otras agrupaciones.

Ha sido director titular de la Orquesta de Cámara de Badajoz, de la Banda Municipal de Música de Badajoz, de la Banda Federal de Extremadura y de la Orquesta Sinfónica Extremeño-Alentejana.

Fundador y primer director de las Escuelas Municipales de Música de Badajoz. Fundador y primer presidente de la Federación de Bandas de Música de Extremadura.

Ha compuesto gran cantidad de obras en formatos de todo tipo, estrenadas en España y el extranjero (Portugal, Rusia). Unas de sus obras para orquesta, Raizes, fue estrenada en el Festival Ibérico de Música de Badajoz, con el maestro Albiach dirigiendo la Orquesta de Extremadura.

Vicepresidente de la Asociación de Compositores de Extremadura y miembro de la Junta Directiva de la Federación de Asociaciones Ibéricas de Compositores.

Ha dado clases en los conservatorios de Montijo, Mérida y Badajoz y en varias escuelas de música de la provincia. Igualmente, ha impartido cursillos de especialización  en CPR´S y en la UEX.

Actualmente, da clases de composición, análisis y armonía en el Conservatorio Superior de Música “Bonifacio Gil” de Badajoz.

Roxana Wisniewska, violín

Nace en Valladolid, encarna la cuarta generación de violinistas por ambas ramas, materna y paterna, teniendo como antecesores inmediatos a sus padres, Wioletta Zabek- concertino de la Orquesta Sinfónica de Castilla y León- y Krzysztof Wisniewski-solista en la Orquesta nacional de España.

Desde los siete años recibe clases de su abuelo materno, Stefan Zabek, y a la vez de su madre Wioletta.

Roxana finalizó sus estudios de grado profesional en el Conservatorio de Valladolid y cursó dos años de sus estudios superiores en la Escuela Superior Katarina Gurska. En este momento se encuentra finalizando sus estudios superiores en la Escuela Superior Reina Sofía, bajo la cátedra de Ana Chumachenco y Zograb Tatevosyan, siendo becada por Bank Zachodni.

Roxana ganó el segundo premio para instrumentos de cuerda, y primero de violín, del XXII concurso de Jóvenes Intérpretes organizado por el conservatorio de música de Villena.

Con 14 años interpretó junto a su madre tres conciertos de Vivaldi, como solistas acompañadas por la Orquesta Sinfónica de Castilla y León.

Obtuvo el premio a la mejor interpretación en el curso Spaincellence celebrado en Ávila.

Recibió masterclass de maestros como Joaquín Torre, Miguel Harth Bedoya, Alejandro Posada, Lionel Bringuier, Krzysztof Wegrzyn, Gordan Nikolic, Arabella Steinbacher, Maurizio Fuks.

Disfruta de un Joseph Contreras de 1767, cedido por la Lutheria Tarapiella.

Como alumna de la Escuela Superior Reina Sofía ha sido miembro del Cuarteto La Pampa, bajo la tutela de Heime Müller, y actualmente forma parte del Cuarteto Haendel de Puertos del Estado.

Álvaro Albiach, director

Es director titular y artístico de la Orquesta de Extremadura. En el programa que nos ocupa, es la primera vez que en concierto dirige a la Orquesta Joven de Extremadura.

Temporada

30 de noviembre
Badajoz

Programa

T. Takemitsu. Requiem para cuerdas
A. Dvořák. Concierto para violín
A. Dvořák. Sinfonía nº 9, del «Nuevo mundo»

Orquesta Joven de Extremadura
Roxana Wisniewska
Álvaro Albiach

Notas al programa

Interesante y variado programa el que nos propone para el concierto de hoy nuestra Orquesta de Extremadura, llevada de la mano, en esta ocasión, de su titular, el maestro Albiach. Y con un enigmático a la vez que espeluznante subtítulo: Las bombas atómicas.

Töru Takemitsu. Réquiem para cuerdas (1957) * (Tokio, 1930 – Tokio, 1996)

De formación primordialmente autodidacta, Takemitsu sufre una juventud llena de vaivenes sociales, políticos y familiares donde la pasión de su padre por la música tradicional japonesa, no en vano era intérprete de shakuhachi,  y por el jazz acaban echando raíces, con distinta suerte, en el ánimo del joven Töru: rechaza la música japonesa y escucha, incluso a hurtadillas en la base militar japonesa donde estaba reclutado durante la Segunda Guerra Mundial, la música occidental que emitía una emisora del ejército americano.

Pero con la madurez va impregnándose cada vez más de los instrumentos tradicionales japoneses y de las sonoridades que le traen recuerdos de su infancia. Timbres y maneras que van conformando una personalidad muy particular donde mezcla, en perfecta simbiosis, esos dos mundos tan dispares, tan alejados y tan diferentes: el occidental y el de sus ancestros.

Una cita del compositor nos puede aclarar con nitidez su pensamiento como compositor: “Me resulta embarazoso cuando me dicen en países extranjeros « ¿Por qué escribes música occidental aunque seas japonés?» Son preguntas similares a cuando los japoneses dicen: «Los extranjeros no pueden entender el teatro Noh». Algunos japoneses, sin embargo, no entienden el teatro Noh. Es más, montones de franceses no entienden a Debussy. Lo que importa es: ¿qué es comprender?”

Su Réquiem para cuerdas tuvo una génesis concreta: el dolor por la muerte de su amigo Hayasaka. Esta obra constituyó su pasaporte al éxito y al reconocimiento occidental, que era casi tanto como decir a la fama mundial pero ese importante paso, como otros tantos hitos en nuestra historia, tuvo un comienzo fortuito: en una visita a Tokio de Igor Stravinsky, durante la audición de unas cintas grabadas con música de autores nipones, los anfitriones reproducen por error la cara contraria de la cinta en cuestión, sonando el Réquiem de Takemitsu. Stravinsky pidió, expresamente, escuchar al completo la pieza y, al finalizar, la alabó expresamente. Ahí comenzó una carrera de éxito internacional que, entre otros motivos, hará que hoy nuestra orquesta nos proponga esta pieza en programa.

Takemitsu es uno de los fundadores, en 1951, del Jikken Kobo, un grupo artístico de naturaleza anti-académica interesado en la colaboración para proyectos multimedia. A partir de este grupo se da a conocer a la audiencia japonesa a un número importante de compositores occidentales, de entre los que destaca John Cage, por quien el compositor japonés tenía una especial predilección, así como Debussy, Messiaen y Webern, que también influirían poderosamente en su estilo.

Menos conocido por su faceta de creación de música para el cine japonés, Takemitsu llegó a colaborar con autores tan renombrados como Kurosawa, Kobayashi, Shindo o Ichikawa, entonces nuevos valores incipientes en el nuevo cine nacional, hoy en día autores de culto donde los haya.

La delicada pieza que nos ocupa se estructura básicamente en tres secciones de las cuales la última tiene muchos elementos que nos recordarán a la primera, esto es, en términos académicos se dice que se produce una recapitulación variada. Tras un inicio en el que se oye un tono melódico descendente, que podemos identificar con alguno de los “giros de lamento” de nuestra música de toda la vida, Takemitsu nos propone tres acordes largos, a modo de cadencia,  para preparar la entrada de una célula musical de unas pocas notas, célula a la que recurrirá repetidas veces y con frecuentes pequeños cambios o variaciones.

En la sección central, unas aceleraciones rítmicas unidas a unos cambios dinámicos muy acusados nos provocarán la sensación de agitación suficiente para identificarla con el sentimiento de zozobra y desequilibrio propios de un duelo por una separación cercana y dolorosa.

El resultado es una pieza breve, no llega a ocho minutos, íntima, riquísima en matices y delicadas sensaciones, algo así como el jardín japonés que tanto gustaba de trasladar a su música, y diametralmente opuesta a la inmensa mayoría de obras, con texto cantado en latín, con las que comparte título y pensadas en términos de alabanza y manifestación religiosa de todo tipo.

Dvořák, Concierto de violín op. 53.

Antonín Dvořák (Nelahozeves, 1841 – Praga, 1904) nace en una pequeña localidad, al norte de Praga, en lo que era Bohemia, una parte del Imperio austríaco. Demuestra, desde muy temprana edad, unas extraordinarias dotes para la música y aprende a tocar violín, piano y órgano. Tocó el violín y la viola en diversas orquestas a lo largo de su vida, incluyendo la del Teatro Nacional de Praga, que dirigía B. Smetana. Con 32 años saltó a la fama con la composición de una obra de hondo calado nacionalista, Himno patriótico. Desde entonces ya no abandonó jamás esa línea “patriótica”.

Por necesidades económicas se dedicó a la enseñanza, lo que le dejó muy poco tiempo libre para tocar y entonces la composición adquirió mayor presencia en su vida. Como ya ha ocurrido otras veces, se enamoró de una alumna pero ella no le correspondió. Ante el rechazo, y la posterior decepción, se casó con la hermana, Ana Cernakova.

Viajó bastante a lo largo de su vida y obtuvo numerosos e importantes reconocimientos en todos esos viajes. Pueden destacarse el Doctorado Honorífico de la Universidad de Cambridge, la invitación para ser miembro honorario de la Sociedad Filarmónica de Londres o el ofrecimiento que Jeanette Thurber le hace para que se haga cargo de la dirección del Conservatorio de Música de Nueva York, que Dvorak acepta y ejerce desde 1982 hasta 1985, fecha en la que vuelve a su tierra, donde fallecería nueve años más tarde.

Siempre fue un hombre sencillo, al que las distinciones y los premios no hicieron cambiar en su forma de vida, y amante de su pueblo y de su país.

Fue becado en varias ocasiones por el gobierno austríaco. El jurado seleccionador estaba presidido por Johannes Brahms quien, con el tiempo, pasó de ser protector del joven Dvorak a brindarle una duradera y profunda amistad.

El concierto para violín op.53 fue, en cierto modo, auspiciado por Joseph Joachim, tras una reunión que mantuvieron el compositor y el célebre concertista. Sin embargo, fue estrenado en Praga en 1883 por Frantisek Ondrisek, quien también tuvo a su cargo los estrenos en Viena y Londres.

Parece ser que, cuando Joachim tuvo conocimiento del resultado de la composición no quedó muy convencido y se opuso a ciertos aspectos y tratamientos del mismo. Aunque Joachim no afirmó nunca nada contra la obra en público, no dejó de poner excusas para interpretarla, hasta tal punto que no se tiene constancia de que llegara a tocarla jamás en concierto.

La estructura es la clásica de tres movimientos rápido-lento-rápido aunque la realización mantiene algunas diferencias con el esquema habitual. En lugar de la recurrente doble exposición de los temas nos encontraremos con una breve introducción orquestal de apenas tres acordes, para justificar la exposición temática a cargo del solista. El consiguiente desarrollo de este tema principal le da al concierto un aire más rapsódico que clásico y una sonoridad permanentemente bohemia.

El segundo tema principal, en el predecible tono de DO mayor, nos introduce, de nuevo, en la secuencia estructural clásica que nos incita a suponer una recapitulación final de toda la primera sección del tiempo. Pues no, se desemboca, de manera casi imperceptible, en el segundo tiempo del concierto.

El tiempo lento nos muestra la inagotable veta melódica del compositor en una interminable sucesión de bellas melodías y de un protagonismo, orquestalmente afortunado, de las trompas acompañando en varias ocasiones al violín solista. Tal es la idiosincrasia de este movimiento que ha llegado a interpretarse como pieza concertística independiente en bastantes ocasiones.

El último tiempo tiene la forma de Rondó, esto quiere decir, en términos académicos, que habrá repetidas vueltas a una melodía que se repite. En los pasajes intermedios entre estas recurrencias, Dvorak nos propone unos ritmos que volveremos a oír en la sinfonía que cierre el concierto de hoy y una atmósfera sonora también parecida a la que impregna a la mencionada sinfonía. Una nueva dosis de bellas melodías nos mantendrá el ánimo alegre mientras el violín desgrana toda una batería de recursos técnicos, de virtuosismo instrumental sin desmerecer la riqueza artística de la pieza y el lirismo desbordante del autor. El final, ya lo verán, espectacular.

Del mismo autor oiremos también la sinfonía nº 9 en mi menor, op.95 «Nuevo mundo».

Posiblemente sea su composición más célebre, compuesta en invierno de 1893. Esta pieza ha sufrido vicisitudes de numeración pues ha sido, además de la 9ª como la conoce hoy en día todo el mundo, también la sinfonía nº 5 e incluso la sexta, en función de que se atendiera a fechas de composición, edición o estreno. Corresponde al período norteamericano de Dvorak, a los años en que fue director del Conservatorio de Nueva York. Y a este mismo período pertenecen también su también conocidísimo, y bellísimo, concierto para violonchelo en SI menor, una de las mejores obras concertísticas para este instrumento, y su cuarteto de cuerdas número 12, también conocido como Cuarteto Americano, por razones obvias.

El estreno de la obra, a cargo de la Filarmónica de Nueva York, bajo la dirección de Anton Seidl, amigo de Dvorak tuvo tal éxito que el compositor escribió a su editor: “Los periódicos dicen que nunca un compositor ha disfrutado de un triunfo tan grande. El Carnegie Hall estaba abarrotado… como si visitara a un rey, tuve que hacer repetidas reverencias desde el palco en que me encontraba”.

Los elementos indio-americanos de la sinfonía fueron inventados por el propio Dvorak, como reconoció a un alumno afirmando que eso era una tontería: “Traté únicamente de escribir en el espíritu de esas melodías nacionales americanas”.

Una lenta introducción, interrumpida por varios acordes salvajes, se va abriendo paso hacía el conocido tema de las trompas que responderán, inmediatamente los clarinetes, oboes y, al poco, el tutti orquestal. Un segundo tema, de inspiración muy danzante y construcción motívica aparece a continuación y todavía habrá un tercer tema, expuesto por la flauta, que será el que más evoque el universo del oeste americano, con sus colonizadores y sus colonizados. El tiempo se cerrará con una última audición del primer tema a cargo de los metales, trompa primero y trompetas después para, por último, en una aparatosa coda final, terminar con los primeros trombones.

Un coral de metales nos sumerge en la atmósfera en la que el Sólo de corno inglés nos transportará al paraíso. La flauta será la encargada del segundo tema del movimiento, tema que retomará más tarde la cuerda. Una sección de volumen creciente, muy pastoral, nos conduce a una explosión del primer tema del movimiento anterior y, de nuevo, al solo de corno con el que se abría este movimiento y al coral con el que se cerrará magistralmente.

El principio del tercer movimiento recordará a más de un oyente al segundo movimiento de otra famosa Novena, la de Beethoven. Unos acordes, en dinámica fuerte, construyen el marco en el que suena el tema principal de este Scherzo. En el Trío serán las maderas las encargadas de exponer su consiguiente tema, de carácter elegante y jovial. Una vuelta al comienzo sirve para estructurar este tercer tiempo de la sinfonía.

El cuarto y último movimiento no sigue el esquema usual de los finales sinfónicos. Es como si reuniera el material anterior y ofreciera otra versión distinta, otra lectura además de utilizar nuevo material melódico. El resultado es enérgico, violento por momentos y siempre lírico, muy melódico. Tras un clímax poderoso, el último acorde de la sinfonía se desvanece, y nos desvanece también a nosotros, hasta la nada. Disfruten.

© Jerónimo Gordillo

Nace en Stuttgart (Alemania). Estudia flauta, piano y viola en los conservatorios de Sevilla, Badajoz y Real Conservatorio Superior de Madrid. Posee el Título de profesor de Solfeo y Repentización y los Títulos Superiores de Flauta, de Composición y de Dirección de Orquesta.

Es Doctor en Educación por la Universidad de Extremadura.

Ha dado conciertos por todo el territorio nacional como solista, en dúo con piano o en formaciones de música de cámara como cuartetos y quintetos. También formando parte de la Orquesta de Cámara de Badajoz, la Orquesta Joven de Extremadura, la Banda Municipal de Badajoz y otras agrupaciones.

Ha sido director titular de la Orquesta de Cámara de Badajoz, de la Banda Municipal de Música de Badajoz, de la Banda Federal de Extremadura y de la Orquesta Sinfónica Extremeño-Alentejana.

Fundador y primer director de las Escuelas Municipales de Música de Badajoz. Fundador y primer presidente de la Federación de Bandas de Música de Extremadura.

Ha compuesto gran cantidad de obras en formatos de todo tipo, estrenadas en España y el extranjero (Portugal, Rusia). Unas de sus obras para orquesta, Raizes, fue estrenada en el Festival Ibérico de Música de Badajoz, con el maestro Albiach dirigiendo la Orquesta de Extremadura.

Vicepresidente de la Asociación de Compositores de Extremadura y miembro de la Junta Directiva de la Federación de Asociaciones Ibéricas de Compositores.

Ha dado clases en los conservatorios de Montijo, Mérida y Badajoz y en varias escuelas de música de la provincia. Igualmente, ha impartido cursillos de especialización  en CPR´S y en la UEX.

Actualmente, da clases de composición, análisis y armonía en el Conservatorio Superior de Música “Bonifacio Gil” de Badajoz.

Roxana Wisniewska, violín

Nace en Valladolid, encarna la cuarta generación de violinistas por ambas ramas, materna y paterna, teniendo como antecesores inmediatos a sus padres, Wioletta Zabek- concertino de la Orquesta Sinfónica de Castilla y León- y Krzysztof Wisniewski-solista en la Orquesta nacional de España.

Desde los siete años recibe clases de su abuelo materno, Stefan Zabek, y a la vez de su madre Wioletta.

Roxana finalizó sus estudios de grado profesional en el Conservatorio de Valladolid y cursó dos años de sus estudios superiores en la Escuela Superior Katarina Gurska. En este momento se encuentra finalizando sus estudios superiores en la Escuela Superior Reina Sofía, bajo la cátedra de Ana Chumachenco y Zograb Tatevosyan, siendo becada por Bank Zachodni.

Roxana ganó el segundo premio para instrumentos de cuerda, y primero de violín, del XXII concurso de Jóvenes Intérpretes organizado por el conservatorio de música de Villena.

Con 14 años interpretó junto a su madre tres conciertos de Vivaldi, como solistas acompañadas por la Orquesta Sinfónica de Castilla y León.

Obtuvo el premio a la mejor interpretación en el curso Spaincellence celebrado en Ávila.

Recibió masterclass de maestros como Joaquín Torre, Miguel Harth Bedoya, Alejandro Posada, Lionel Bringuier, Krzysztof Wegrzyn, Gordan Nikolic, Arabella Steinbacher, Maurizio Fuks.

Disfruta de un Joseph Contreras de 1767, cedido por la Lutheria Tarapiella.

Como alumna de la Escuela Superior Reina Sofía ha sido miembro del Cuarteto La Pampa, bajo la tutela de Heime Müller, y actualmente forma parte del Cuarteto Haendel de Puertos del Estado.

Álvaro Albiach, director

Es director titular y artístico de la Orquesta de Extremadura. En el programa que nos ocupa, es la primera vez que en concierto dirige a la Orquesta Joven de Extremadura.