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Programa 07

Temporada de conciertos

2020-2021

Pasión y virtuosismo

20 de mayo Badajoz
21 de mayo Villanueva de la Serena

Orquesta de Extremadura
Varvara
Álvaro Albiach

Programa

1. (Concierto sin intermedio)

Franz Schreker. Valse lente, para orquesta (1908) *

Maurice Ravel. Concierto para piano y orquesta en sol mayor (1929-1931)

Allegramente
Adagio assai
Presto

Varvara, piano

Ígor Stravinski. Pulcinella, suite (1919-1920, revisión de 1949)

Sinfonia
Serenata
Scherzino
Tarantella
Toccata
Gavotta
Duetto
Minuetto - Finale

Álvaro Albiach, director

 

* Primera audición por la Orquesta de Extremadura

 

Es la primera ocasión en la que nos visita la excelente pianista rusa Varvara a quien precede una extraordinaria carrera internacional.

Notas al programa

Lógica y atractivos

Apenas 23 años separan las tres obras que componen el programa que hoy propone la Orquesta de Extremadura de la mano de su aún titular, Álvaro Albiach. Como solista invitada, Varvara, así a secas, escueto nombre artística de la pianista rusa Varvara Nepomnyaschaya (Moscú, 1983). Después de deletrear su apellido-rompecabezas, es fácil entender las razones de que haya prescindido de él en su deambular por el mundo como solista de rango internacional. Entre 1908, año en que Schreker compone su melodioso Vals lento, y 1931, cuando Ravel ultima su Concierto para piano en Sol mayor, el genio de Stravinski se adentra en su particular periódico neoclásico, tan común a otros compositores de la época, como el propio Manuel de Falla. Es en 1920 cuando abre esta fase creativa con Pulcinella, el ballet en dos actos, del que hoy se escucha la suite de concierto que preparó dos años después, y luego revisionó en 1949. Un repertorio henchido de lógica y atractivos, como es norma de la casa cuando dirige y programa Álvaro Albiach.

Franz Schreker: Vals lento

El austriaco Franz Schreker (1878-1934) compone su Vals lento en 1908, es decir, un año antes de que Strauss concluyera Elektra y cuando en Viena se está cociendo un movimiento —el dodecafonismo— que tambaleará los cimientos del lenguaje musical. Schreker, “músico degenerado” como tantos otros judíos de su época y entorno, ha quedado en la historia de la música fundamentalmente como autor de óperas, de las que, siguiendo la senda wagneriana, él mismo era libretista. Títulos como Der ferne Klang (1912), Das Spielwerk und Prinzessin (1913), Die Gezeichneten (1918), Der Schatzgräber (1920) Der singende Teufel (1928) son puntos álgidos de una carrera creadora cargada de avatares y en la que la enseñanza siempre ocupó lugar esencial. Fue director de la Musikhochschule de Berlín y profesor de composición en la Akademie der Künste de la capital prusiana, además de maestro de músicos como Berthold Goldschmidt, Alois Hába, Jascha Horenstein, Ernst Krenek, Artur Rodziński, Stefan Wolpe o Grete von Zieritz.

Romántico tardío y próximo en este sentido a Richard Strauss fue, como éste, reflejo de la corriente neowagneriana que impregnó la Europa de finales del XIX, y, como él, también trufó su obra con el expresionismo que se abría paso en los ambientes artísticos de su tiempo fracturado… Hasta caer en desgracia tras llegar el partido de Hitler al poder en enero de 1933 —Schreker murió un año después—, sus óperas, que eran representadas en los años veinte en los teatros del área germánica incluso con la asiduidad de las de Wagner, quedaron proscritas y su nombre ensombrecido, hasta su redescubrimiento reciente, hace apenas tres décadas.

El Vals lento se inserta en la moda que imperó a finales del siglo XIX y principios del XX de recurrir en el ámbito de la música de concierto e incluso de la ópera a la suave sensualidad del vals. Es el caso, por ejemplo, de páginas tan geniales comas las que escribe Strauss para El caballero de la rosa o el célebre y más que melancólico Vals triste de Sibelius. El de Schreker que hoy se escucha en los atriles de la Orquesta de Extremadura fue compuesto para Elsa Wiesenthal (una de las dos hermanas bailarinas que protagonizaron la pantomima de su ballet Der Geburtstag der Infantin), y en su partitura llama la atención el denso lenguaje armónico, que aúna el cromatismo wagneriano con una rica paleta de sutiles colores orquestales que parece surgida de la pluma de Debussy o Fauré. Estructuralmente, se inicia con una introducción que portica la irrupción sucesiva de de dos valses diferentes, que son amalgamados por un interludio cantado por el oboe. Ambos valses acabarán fusionados en una coda que combina reminiscencias de ambas melodías, y que cierra la obra en un quieto y cuidado diminuendo.

Schreker, prematuramente muerto en 1934, víctima de un infarto cerebral con tan solo 55 años, no pudo escuchar jamás esta pequeña gran página sinfónica, que quedó inédita hasta 1984, cuando fue estrenada por la Orquesta Sinfónica de la Radio de Berlín en un concierto conmemorativo del 50 aniversario de su muerte. Su concisa plantilla instrumental, que prescinde de los instrumentos de viento metal, requiere dos flautas, oboe, clarinete, fagot, cuerda, arpa y percusión.

Ravel: Concierto para piano y orquesta en Sol mayor

“La música española no existe: es italiana en un cuarto y mora el resto”.  A pesar de semejante boutade, Maurice Ravel, creador de tan desafortunada frase, se dejó influir y seducir muy gustosamente por España y su luz. Una y otra serán constantes en su vida y obra. Rapsodia española, La hora española, Alborada del gracioso, Vocali­zación en forma de habanera o Bolero son títulos que dan cuenta cabal de una obra cuidada y reducida, en la que en toda ella, de una u otra manera, lo español va a estar laten­te. La culminación de ese depurado corpus raveliano serán precisa­mente las tres bellísi­mas canciones de Don Quijote a Dulci­nea, sobre texto de Paul Morand, compuestas en 1932. En los cinco años que transcurrirán desde entonces hasta su muerte, acaecida el 28 de diciembre de 1937, Ravel, enfermo, no volverá a escribir una sola nota.

Es en el otoño de 1931, un año antes de las conmovedoras cancio­nes cervantinas, cuando el compositor vasco-francés concluye su Con­cierto para piano y orquesta en Sol mayor, pergeñado desde finales de 1929 conjuntamente con el Concierto para la mano izquierda. El que hoy se escucha repre­senta una de las páginas más perfectas, equilibradas y mejor acabadas de la literatura para piano y orquesta del siglo XX. Escrito para una plantilla orquestal de corte clásico (cuerda, maderas a dos, dos trompas, una trompeta, un trombón y percusión), fue estrenado el 14 de enero de 1932 en la Sala Pleyel de París, con su dedicataria Marguerite Long al piano, y la Orquesta Lamoureux dirigida por el propio Ravel.

“Se trata”, explica Ravel, “de un Concierto en el sentido más estricto del término y escrito en el espíritu de los de Mozart y Saint-Saëns. Pienso, en efecto, que la música de un concierto puede ser alegre y brillante, y que no es necesario que pretenda profundizar única­mente a través de sus efectos dramáti­cos. Se ha dicho de ciertos grandes músicos clásicos que sus conciertos han sido concebidos no para el piano, sino contra él. En lo que a mí respecta, considero este juicio perfecta­mente justificado. Al principio, tuve la idea de intitular mi obra como Divertissement. Posteriormente reflexioné más profundamente, dándome cuenta de que el título de Concierto resulta suficiente­mente explícito en lo que concierne al carácter de la música que lo integra”.

Pero además de “alegre y brillante”, el Concierto en Sol es extrema­da­mente rico desde el punto de vista temático, algo inusual en la produc­ción raveliana. Hasta el mano­seo ha sido apuntada la presen­cia —obvia— del jazz en este con­cierto de acabada cuadratu­ra, en el que el lirismo ensoñador del segundo movimiento (de corte mozartiano: Ravel quiso tomar como modelo nada menos que el “Lar­ghetto” del Quinteto para clarinete) es enmarcado por el audaz carácter -áspero y cortan­te; de inagotable opulen­cia- del primer tiempo y la brillan­te vivacidad del jazzístico Presto —una luminosa Toccata— que cierra esta pieza plaga­da de momen­tos inolvi­da­bles: desde esa especie de lacerada cantinela que se desarrolla en los 34 estáticos e infi­nitos compa­ses con la que el piano inicia en solitario el segundo movi­miento, hasta el poste­rior dialogo, en el mismo “Ada­gio”, con el corno inglés; o los vistosos glissandi de los trombo­nes en el tercer movi­miento o, en fin, algo tan retro pero de tan impeca­ble gusto como los por aquellos años muy en boga ritmos de blues y fox-trot que Ravel incluyó en el primer movimiento.

Stravinski: Pulcinella (suite)

En el año que se cumple el cincuentenario de la muerte de Ígor Stravinski (en 1971), su figura aparece firmemente consolidada como una de las más substanciales y revolucionarias de la historia de la música. No solo por sus geniales y bien difundidos ballets (desde Petrushka o La consagración de la primavera hasta El pájaro de fuego y Apolo), sino también por una extensa obra que abarca sinfonías, óperas, oratorios, piezas para muy diversos instrumentos solistas, corales…

En este cúmulo de obras, el ballet Pulcinella representa un punto y aparte en la evolución de su creador. Estrenado en la Ópera de París hace cien años —el 15 de mayo de 1920—, bajo la dirección del gran stravinskiano Ernest Ansermet, con Pulcinella el creador de La consagración de la primavera abre su periodo neoclásico, fruto de su pasión por el teatro de máscaras y las culturas grecorromanas, y que hasta finales de los años cuarenta será inspiración de obras tan capitales como la Sinfonía para instrumentos de viento (1920), Octeto para vientos (1923), Oedipus Rex (1927), Apolo (1928), Sinfonía de los salmos (1920), o la Sinfonía en tres movimientos, de 1945.

Para el ballet Pulcinella Stravinski miró y se basó en una obra teatral de principios del XVIII sobre el personaje del mismo nombre característico de la Commedia dell’arte. Fue el gran Serguéi Diághilev, director de los Ballets Rusos, quien le sugirió la idea y le propuso el encargo de un ballet basado en aquella obra teatral, estrenada en su día con música que se pensaba de Pergolesi, pero que actualmente se sabe con certeza que fue compuesta por otros compositores. Stravinski reescribe gran parte de aquellos manuscritos, localizados por Diághilev en archivos de Nápoles y Londres, y respeta la arcaica literalidad de los temas y sus texturas, pero envolviéndolos de sus nuevas armonías y ritmos. La partitura original del ballet está concebida para una orquesta sin clarinetes ni percusión, pero que suma la participación de una soprano, un tenor y un bajo.

Dos años después del estreno del ballet en la Ópera de París, Stravinski prepara una suite de concierto, en la que prescinde de los cantantes, pero mantiene la plantilla instrumental original. La suite recupera nueve números del ballet, y se inaugura con una obertura de añejos aromas dieciochescos, propios del barroco concerto grosso. Sigue una deliciosa serenata, cuyo evocador tema es cantado por el oboe, que subraya los claros aires renacentistas. Tras un chispeante y galante Scherzino, Stravinski emplaza el ritmo vertiginoso y punzante de una italianísima tarantela, que es preludio de la Toccata, sustentada fundamentalmente en la sección de vientos. No podía faltar en esta obra de tantas resonancias palaciegas la gavota, en la que de nuevo el oboe desempeña protagonismo, compartido en el trío con flauta, fagot y trompa. En el bienhumorado “Vivo”, Stravinski evoca con los divertidos glissandi del trombón el carácter guasón propio de la Commedia dell’arte. Tras un ceremonioso minueto cargado de solemnidad que contrasta con la ligereza del episodio precedente, el número final retoma el carácter vivo y burlesco, divertido y hasta un punto petrushkiano, que anima el conjunto. En 1949, y como también hizo con otras obras —fundamentalmente más para recuperar derechos de autor que por motivos artísticos—, Stravinski revisó ligeramente la versión original de 1922.

© Justo Romero

Justo Romero (Badajoz, 1955) es una de las firmas más conocidas y reconocidas de la música española. Ha sido director técnico de la Orquesta Bética Filarmónica (1978-1981) y de la Orquesta de Valencia (1995-1998); fundador de la Orquesta de la Comunidad Valenciana (2005-2007), asesor artístico del Festival Albéniz de Camprodón (1999-2007) y del Auditorio de Alicante (2011-2017), y Dramaturgo del Palau de les Arts Reina Sofía de Valencia (2005-2014). Fue crítico musical de los diarios El PaísDiario 16 y El Mundo, así como en la revista Scherzo y otras publicaciones especializadas. Su extensa bibliografía incluye títulos como Sevilla en la óperaAlbénizEl Gato MontésFallaEl Padre Soler en el Archivo Ducal de Medina-SidoniaCristóbal Halffter, este silencio que escuchoChopin. Raíces de futuro, y El piano 52+36. Ha dictado conferencias y dirigido seminarios en múltiples países y universidades. Desde 2016 es crítico del diario Levante.

Varvara

Nacida en Moscú, se formó en la Escuela de Música Gnessin y en el Conservatorio Estatal Tchaikovsky de Moscú con Mikhail Voskressensky y posteriormente en Hamburgo con Evgeni Koroliov.

En 2006 fue galardonada en el Concurso Internacional Bach de Leipzig y en 2012 ganó el Primer Premio del Concurso Géza Anda de Zúrich.

Varvara siente un gran interés por el arte en cualquiera de sus expresiones y tiene un amplio repertorio que incluye música de todos los periodos.

Su pasión por la música de cámara le ha llevado a formar un dúo estable con el violinista Fumiaki Miura y un trío junto a Miura y el violonchelista Jonathan Roozeman.

En la temporada 2020-2021 destacan su debut en el Suntory Hall con la Tokyo Symphony Orchestra y Jonathan Nott, la colaboraciones con la Orquesta Sinfónica de Galicia, Orquesta de Extremadura, y la Tchaikovsky Symphony Orchestra (Moscú), las giras con Fumiaki Miura en Japón y con la Wiener Kammerorchester en España y recitales en l’Auditori de Barcelona, L’Auditori de Girona, la Fundación Juan March, el Teatro Principal Alicante, Théâtre de la Ville de Paris, Tonhalle Zürich, y en la the Liszt Academy Budapest entre otros.

Varvara se ha ganado rápidamente una destacada reputación compartiendo escenario con las orquestas más prestigiosas del mundo, como Mariinsky Theatre, Wiener Kammerorchester, Tonhalle Zürich, SWR Sinfonieorchester, Hungarian Radio Symphony, Nationale de Lille, Tchaikovsky Symphony Orchestra, Polish National Radio Symphony, Bilbao Symphony, Valencia Symphony, Galicia Symphony or Santiago de Chile Philharmonic, tocando bajo la batuta de grandes maestros como Eliahu Inbal, Valery Gergiev, David Zinman, Cornelius Meister, Tamás Vásáry, Clemens Schuldt, Alexander Liebreich, Yaron Traub o Vladimir Fedoseyev. Paralelamente realiza númerosos recitales en importantes Festivales y salas de conciertos de todo el mundo, como Lucerne Festival, Tonhalle Zürich, Auditorio Madrid, Conservatory Moscow, Philharmonie Paris, Palau de la Música Barcelona, Le Corum Montpellier, Conservatorio Verdi Milano, Auditorio Lingotto Torino, Auditorium Lyon, Mariinsky Theatre, Rudolfinum Prague, Mozarteum Salzburg o el Konzerthaus Dortmund.

Junto a sus aclamadas grabaciones de Mozart y Händel (Dis:camera), recientemente presentó un álbum dedicado a Liszt, grabado en directo en la Philharmonie de Paris y publicado por el sello discográfico Dis:Camera. Con el mismo sello, Varvara presentará próximamente un nuevo CD con obras de Schumann.

Sus interpretaciones están disponibles en iTunes, Spotify, Amazon y Google Play Music, así como en su canal de Youtube-Varvara piano.

Programa 07

Temporada de conciertos

2020-2021

Schreker. Valse lente
Ravel. Concierto para piano en sol mayor
Stravinsky. Pulcinella, suite

Pasión y virtuosismo

20 de mayo Badajoz
21 de mayo Villanueva de la Serena

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