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Programa 13

Temporada de conciertos

2020-2021

Fuentes de inspiración

29 de abril Badajoz
30 de abril Cáceres

Orquesta de Extremadura
Amaury Coeytaux
Álvaro Albiach

Programa

1. (Concierto sin intermedio)

Johannes Brahms. Concierto para violín en re mayor, op.77 (1878)

Allegro non troppo
Adagio
Allegro giocoso, ma non troppo vivace

Amaury Coeytaux, violín

Robert Schumann. Sinfonía nº 1 en si bemol mayor, op.38, «Primavera» (1841)

Andante un poco maestoso
Larghetto
Scherzo
Allegro animato e grazioso

Álvaro Albiach, director

Amaury Coeytaux en su tercera visita al ciclo de conciertos de la OEX será el encargado de ofrecernos el maravilloso concierto para violín de Brahms, que se completa con la primera sinfonía de Schumann compuesta en un rapto de inspiración en tan solo cuatro días.

Notas al programa

Más que un maestro, más que un discípulo

Pocos compositores en la historia de la música tan unidos en lo vital, en lo espiritual y en lo artístico como Robert Schumann y Johannes Brahms. Deslumbrado este desde su primer encuentro con aquel, atraído platónicamente por su esposa, Clara, Brahms aprendió mucho de Schumann. Le influyó su piano, su música vocal, su música sinfónica pero, como el genio que era, su creación voló hacia una escritura absolutamente personal, admirable en su forma y su equilibrio, lejos al fin de esos golpes de subjetividad que caracterizan parte de la producción postrera de Schumann pero sin dejar de mostrar una intimidad digamos que en equilibrio. El programa de hoy tiene además un interesante hilo conductor. Y es que quien estrenara el Concierto de Brahms, el legendario violinista e íntimo amigo del autor, Joseph Joachim, fue también el que le presentara, en 1853, a Robert Schumann, encuentro que este relataría en la Neue Zeitschrift für Musik como “con el escogido para expresar el más exaltado espíritu de los tiempos”.

Johannes Brahms: Concierto para violín y orquesta en re mayor, op. 77

Cuando Brahms terminó, en 1878, su Concierto para violín y orquesta tenía la experiencia orquestal de sus dos primeras sinfonías, el Concierto para piano nº 1 y las Variaciones sobre un tema de Haydn, pero su Sonata nº 1 para violín y piano debería esperar a 1879. Quiere esto decir que su experiencia en la escritura violinística se reducía a aquellas obras camerísticas en las que participaba el instrumento sin protagonismo especial. Por eso sometió su manuscrito al gran Joseph Joachim —autor, además, de dos conciertos para violín y orquesta— quien, antes de estrenarlo el 1 de enero de 1879 en Leipzig bajo la dirección del autor, sugeriría cambios y retoques que ayudaran a su interpretación y que ocupan importante espacio en la amplia correspondencia entre los dos. De algunos de esos consejos hizo caso Brahms; de otros menos; pero fueron precisamente sus dificultades las que hicieron que tardara en acomodarse al repertorio del que hoy es uno de los florones indiscutibles. Al escribirse sucedió a los de Beethoven y Mendelssohn mientras sería precedente de los de Dvorák, Chaikovski, Glazunov o Sibelius. Pero primero tuvo que encontrarse con un público que quizá lo hallara demasiado serio y con un director, el de la premiére en Viena, Josef Hellmesberger, que hizo famoso un comentario suyo, como de pasada, pero bien tonto al fin: “Brahms no ha escrito un concierto para violín sino contra el violín”. El tiempo, ese a quien se refería Margarite Yourcenar como “gran escultor”, ha puesto a cada uno en su sitio.

El Allegro non troppo se abre con una introducción a cargo de cuerda grave y fagotes, que ya exponen un primer tema principal, y una serie de diseños a cargo de oboe, cuerda y madera. Aquel se afirma en toda la orquesta y, tras una transición que precede a un segundo motivo entra el violín en arabescos hasta que, por fin, se centra en el primer tema en lo que constituye un efecto magistral en lo expresivo. Tras jugar con él volvemos a la introducción del solista antes de que este enuncie un nuevo tema seguido por los violines. Tras desarrollo y reexposición entramos en la cadenza, no escrita por Brahms —se usan, generalmente, las de Joachim, Auer o Kreisler— que nos conduce a una coda precedida por la repetición del primer tema.

El Adagio, en forma de lied A-B-A, comienza con una hermosa melodía del oboe que retomará el solista, protagonista igualmente de la parte central y que volverá a esa melodía adornándola eficazmente.

El Allegro giocoso non troppo vivace tiene forma de rondó-sonata y su tema, afirmativo y alegre, domina todo el movimiento. El violín introducirá un segundo tema y será protagonista de un par de cadenzas, una acompañada y otra más breve, casi al final, antes de conducirnos, como en un juego en el que hubiera algo de sana urgencia, a los últimos compases.

Robert Schumann: Sinfonía nº 1 en si bemol mayor, op. 38 “Primavera”

Con Robert Schumann nos encontramos ante el epítome del romanticismo musical. Si vacilan los manuales y hasta los expertos que pierden el tiempo en taxonomías imposibles acerca de cuándo Beethoven o Schubert son clásicos, prerrománticos o románticos del todo, en el caso de Schumann no hay duda alguna. Responde a todos los paradigmas del artista romántico, desde la importancia en su vida de un amor difícil de conseguir pero por el que peleó duramente —su mujer, Clara, también lo haría después y durante muchos años tocando el piano para sacar adelante a la familia— hasta su interés en canciones, obras para piano, oratorios y hasta medio óperas con los temas que su época tomaba como arquetípicas muestras de un modo de entender la vida que tenía que ver, además de con ese amor que acompaña cualquier arte y cualquier tiempo, con la pasión, con el paisaje, con la exaltación, con el abandono y con la muerte. Cosas que están en muchos creadores de todas las épocas, es verdad, pero que la generación romántica —y alguna de sus ramas más frondosas que llegaron casi hasta nuestro tiempo— parece exacerbar.  

Autor de cuatro sinfonías, más un esbozo en sol menor denominado Zwickau por la localidad sajona en que se escribió y la bastante problemática por estructura y resultados Obertura, Scherzo y Finale, la importancia de Schumann como sinfonista es evidente. Una importancia que crece con el tiempo, una vez superado el tópico de que era un mal orquestador, esa cantinela escuchada mil veces y que sólo podría explicarse si hubiera un canon de la orquestación, unas instrucciones de lo que ha de hacerse para no transgredir la norma.

Más de un crítico ha pensado, acertadamente, en la relación de la invención sinfónica de Schumann con la última de las sinfonías de Schubert —la Grande— que él mismo descubriera en 1838. He ahí una razón más, junto a la evidente influencia del propio Schumann en el Brahms sinfónico —más clara a partir de la versión original de la Cuarta de aquel— para seguir desmintiendo esa mala relación de Schumann con la orquesta.

Así como 1840 fue para Schumann el año de las canciones y 1842 el de la música de cámara, 1841 fue el de las sinfonías. A finales de enero había compuesto la Primera, en primavera la Obertura, Scherzo y Final y en septiembre la entonces Segunda y hoy Cuarta.

La Primera Sinfonía, estrenada en Leipzig bajo la dirección de Mendelssohn en el mes de marzo, seguramente nació con la idea, sabiamente rechazada al fin por el autor, de explicitarse a sí misma como una celebración de la naturaleza, lo que ya revelaba suficientemente su subtítulo. Este cobra sentido pleno en el magnífico Andante un poco maestoso que hace de introducción al primer movimiento y que no es sino la puesta en música del verso de Adolf Böttger “Im Thale blüht der Frühling auf!” —“En el valle florece la primavera”— que se adecúa perfectamente con la fanfarria de arranque.

A partir de ahí, la afirmación del tema del Allegro vivace se adueña de la situación. El crítico Stephen Johnson ha señalado el Larghetto como un ejemplo evidente de lo poco certeras que son las acusaciones de mala orquestación —de traslúcida califica la de este movimiento— tópicamente dirigidas a las sinfonías de Schumann. El Scherzo es una muestra de su capacidad para unir ideas cualquiera que sea la forma escogida, de su amor por la suma de invenciones capaces de formar un conjunto reconocible. De ahí, por ejemplo, que haya dos tríos o el efecto de una suerte de episodio fugado que no llega a producirse pero mantiene la atención del oyente. 

Si el inicio de la sinfonía fue un toque de sorpresa, el de la conclusión no lo es menor. El segundo tema en otras manos hubiera sido casi féerico —Mendelssohn— pero, en las de Schumann, la imaginación —esa suerte de maravillosa cadenza de trompa y flauta— se atempera y vuelve la presencia de la naturaleza.

La Sinfonía nº 1 «Primavera», de Robert Schumann, se interpretó por primera vez el 27 de febrero de 2004 en el Gran Teatro de Cáceres, con Lior Shambadal como director invitado. La última vez fue el 22 de junio de 2012 en el Gran Teatro de Cáceres, con Álvaro Albiach como director invitado, meses antes de llegar a la titularidad de la OEX; ese fue el primer programa en que la dirigió.

© Luis Suñén

Luis Suñén (Madrid, 1951) es editor y escritor. Ha sido crítico literario y musical en el diario El País y, durante trece años, director de la revista Scherzo, así como, durante más de veinte, colaborador de Radio Clásica (RTVE). Es uno de los fundadores de los International Classical Music Awards (ICMA). Autor de siete libros de poemas, el último de ellos es Noroeste (Trotta, Madrid, 2019). 

Amaury Coeytaux

Ganador del Concurso Rodolfo Lipizer de 2006, ha ganado también primeros premios en los concursos Eisenberg-Fried en 2007-08, el Concurso Internacional de Cuerdas Julius Stulberg, la Rosalind & Joseph Stone Berg Philharmonic Competition y la Waldo Mayo Violin Competition en 2004, el Royaume de la Musique Competition en 1997 y el Musée Bonnat Prize a la mejor interpretación de música de cámara de la Maurice Ravel Academy en 2002.

Habiendo exhibido ya un precoz talento de niño, Amaury Coeytaux hizo su primera aparición pública con una orquesta a los 9 años, y a los 11 su interpretación de la  Sonata nº 3 ‘Ballade’ de E. Ysaÿe fue emitida en directo por Radio France. En 2004 hizo su debut en el Carnegie Hall tocando el Concierto de Brahms bajo la dirección de David Gilbert en el Stern Auditorium. Después de esto fue invitado a dar conciertos en todo el mundo incluyendo Francia, España, Ucrania, Bulgaria, Alemania, Italia, Suiza, Canadá, EE.UU., Corea del Sur o Japón. Ha participado en festivales de prestigio como el Santa Fe Chamber Festival, Festival de Deauville y Festival de Corde-sur-ciel, así como ha colaborado con prominentes artistas como Joseph Silverstein, Pinchas Zukerman, Michael Tree y con la mayoría de solistas franceses.

Sus principales maestros han sido Micheline Lefebvre, Jean-Jacques Kantorow, Patinka Kopec y Pinchas Zukerman. Ha sido concertino y solista principal de la Orchestre d’Auvergne y de la Orchestre National de Radio France y en la actualidad es primer violín del Cuarteto Modigliani. Amaury toca un Guadagnini de 1773.

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2020-2021

Brahms. Concierto para violín
Schumann. Sinfonía nº 1

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29 de abril Badajoz
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