Notas al programa
Corría el año 1868 y el Conservatorio de la bulliciosa Viena se preparaba para recibir a su nuevo profesor de teoría musical. Se trataba de un hombrecillo de unos 44 años de aspecto poco agraciado, tosca indumentaria, modales sin refinar y un deje en el habla que revelaba su origen rural. Un personaje devotamente religioso, cargado de inseguridades y rarezas a quien, a pesar de haber escrito algunas obras notables en sus años de organista en Linz, muy pocos tomaban en serio como compositor y de quien absolutamente nadie habría adivinado que, con el paso de los años, sería reconocido como uno de los mayores sinfonistas de todos los tiempos. Su nombre era Anton Bruckner y aterrizaba en una ciudad de ambiente musical vivo pero conflictivo, asediada por la enconada hostilidad entre brahmsianos y wagnerianos. Bruckner admiraba las óperas de Wagner, pero lo cierto es que su estilo, sus estructuras formales y la filosofía que encerraba su obra quedaban muy lejos de los del gigante de Leipzig. Sin embargo, y probablemente sin ser realmente consciente de las consecuencias que ello le traería, cometió un pecado que no le sería perdonado: designó como dedicatario de su Tercera sinfonía al mismo Richard Wagner. Ello le granjeó la enemistad acérrima de la corriente que se agrupaba en torno al todopoderoso teórico y crítico musical Eduard Hanslik quien, desde ese momento, se afanó en dinamitar su carrera como profesor y autor.
El estreno de la Tercera Sinfonía tuvo lugar en Viena en diciembre de 1877 y la cosa no pudo ir peor: Johann von Herbeck, quien había de dirigirla, murió poco antes del concierto repentinamente y Bruckner asumió la tarea con sus limitadas dotes como director, los músicos de la Filarmónica prácticamente boicotearon los ensayos y la inmensa mayoría del público abandonó la sala de conciertos antes de que la obra concluyese. Las críticas de la prensa lo destrozaron. Para las fechas del funesto estreno de la Tercera, Bruckner ya tenía escritas otras dos sinfonías más. El desastre del estreno de diciembre azuzó el ya inseguro ánimo de Bruckner quien, a las pocas semanas, emprendió la tarea de revisar profundamente su Sinfonía n.º 4 (la que escuchará el público extremeño en este programa) que aún no había sido estrenada. No sería la última revisión, pues hasta una fecha tan tardía como 1890 anduvo modificando partes sustanciales de la obra. La versión que la OEX lleva a sus atriles la constituyen las variantes de los tres primeros movimientos tras las remodelaciones de 1878, ya expurgados, por cierto, de algunas referencias wagnerianas explícitas y la variante del cuarto movimiento tal y como quedó tras otra reforma en 1880 que descartaba el Volksfest, escrito un par de años antes y que ya era una segunda versión. Este pequeño lío sobre ediciones y revisiones que acabamos de esbozar representa sólo una muestra superficial de las complejidades que conlleva para estudiosos e intérpretes el análisis de las sinfonías de este autor en lo que respecta a la entidad y autenticidad de algunas de sus versiones. Es lo que en el mundo académico se denomina el Problema Bruckner.
El sobrenombre de Sinfonía Romántica no deriva esta vez de una extravagancia de editores, sino que fue el propio compositor quien lo acuñó en un momento en el que esto se identificaba con evocaciones míticas de tiempos pasados. El comienzo de la sinfonía alude al amanecer en una ciudad medieval. Según una carta dirigida por el compositor a Paul Heyse en 1890, “en el primer movimiento de la Sinfonía n.º 4 «Romántica» la intención es reflejar la trompa que proclama la llegada del día desde el Ayuntamiento. Arranca entonces la vida cotidiana”. Tras lo cual, el segundo bloque temático (Gesangsperiode), más melódico, representa el canto del carbonero común entre los murmullos del bosque. En su segundo movimiento, Andante, a decir del autor, alude a “canción, plegaria y serenata” y el tercero remite a una escena de caza: los clásicos toques de las trompas y las melodías de baile durante el almuerzo de la partida de cazadores. Del cuarto movimiento no conservamos referencia programática, lo que se suma al hecho de que en esta versión Bruckner descartó un final de “fiesta popular” para decantarse por un ambiente más sombrío, hasta el punto de que algunos analistas remiten a un “canto del cisne del Romanticismo” o a “teorías sobre los terrores de la naturaleza como tormentas del alma”.
El estreno de la Sinfonía Romántica tuvo lugar en febrero de 1881 por parte de la Orquesta Filarmónica de Viena bajo la dirección de Hans Richter y su éxito supuso un cierto resarcimiento para Bruckner. No obstante, aquellos que lo menospreciaban no variaron su consideración. Aquel hombrecillo de “alegría inalterable, juvenil, casi infantil”, según le recordaría Mahler, siguió siendo visto como un pueblerino sin talento por ciertos sectores de las altas esferas musicales y académicas de la Viena Imperial. Sería la historia de la música la que acabaría poniendo a cada uno en su lugar y certificando su indiscutible grandeza.
© Santiago Pavón
Violinista de la Orquesta de Extremadura y Licenciado en Ciencias Políticas y de la Administración. Es divulgador y presenta las charlas previas a los conciertos de la temporada de la Orquesta de Extremadura.
Interpretaciones anteriores
La OEX ha interpretado la cuarta de Bruckner anteriormente en dos ciclos de abono: el 19 de enero de 2007 en el entonces Auditorio de Cáceres fue la primera vez, dirigida por Jesús Amigo. La siguiente y última interpretación fue en la temporada 2016-2017, con el concierto del 7 de octubre de 2016 en el Gran Teatro de Cáceres, dirigiendo Salvador Mas.
Roberto Forés
Roberto Forés Veses es director titular y artístico de la Orquesta de Extremadura.
