Sinfónico 07

Sinfónico 07. Till Fellner © Gabriela Brandenstein

1.

Robert Schumann. Concierto para piano en la menor, op.54 (1845)
Allegro affettuoso
Intermezzo
Allegro vivace

Till Fellner, piano

2.

Antonio Cortés. Sinfonía nº 4 en mi bemol mayor *
Allegro Vivo
Andante
Minuet
Rondó Allegro

Franz Joseph Haydn. Sinfonía nº 102 en si bemol mayor (1794)
Largo-Vivace
Adagio
Menuetto
Presto

Álvaro Albiach, director

* Primera audición por la Orquesta de Extremadura

La revolución francesa

El año 1794 marca en Francia el final del Terror y la muerte de Robespierre. Este año estará representado en el abono 7 por la Sinfonía núm. 104 de Haydn, aunque no sea exactamente revolucionaria. La precederán la Cuarta de Antonio Cortés, de la misma época, y el concierto para piano de Schumann.

Notas al programa

Festín clásico con preludio romántico

Este programa que interpreta la Orquesta de Extremadura confronta dos tiempos, dos momentos creativos. Por una parte, el clasicismo puro de Haydn y de la música nacida en la Catedral de Badajoz escrita por Antonio Cortés, y de otra el romanticismo absoluto y sin reservas de Schumann, esencializado en su único concierto para piano. Al estreno moderno de la en estos precisos momentos recuperada Cuarta sinfonía de Antonio Cortés, acompaña una obra tan asentada en el repertorio como la Sinfonía 102 de Haydn. Antes, en la primera parte, y como preludio a este contrastado festín clásico, será solista del concierto de Schumann uno de los pianistas más reconocidos y admirables de la actual escena internacional, el vienés Till Fellner (1972), alumno favorito de Alfred Brendel.  “Fellner”, ha escrito Brendel, “me hace sentir que formo parte de una tradición que emana de mi propio profesor, Edwin Fischer, en la que el compositor prevalece sobre el intérprete. Una tradición en la que para el pianista es más importante dejarse absorber por la música que permitir que destaque su personalidad, y a pesar de esto, uno siempre reconoce su interpretación”.

Schumann: Concierto para piano en la menor, opus 54

El origen del único Concierto para piano y orquesta de Schumann arranca de una Fantasía para piano y orquesta, en la menor, escrita en 1841 con destino a su esposa, la eminente y célebre pianista Clara Wieck, con la que el compositor había contraído matrimonio un año antes. Tras cuatro infructuosos años en los que no consiguió encontrar editor para publicar esta partitura por su inusual y monolítica configuración formal, en 1845 se decidió a reconvertirla en un concierto para piano y orquesta de estructura tradicional, con sus tres movimientos característicos. De esta guisa, complementada con un bellísimo ‘Intermezzo central’ y un brillante ‘Allegro vivace’ final, la primitiva fantasía fue estrenada el 1 de enero de 1846 en la mítica Gewandhaus de Leipzig. Sus intérpretes, fueron, naturalmente, Clara Schumann y la centenaria orquesta sajona, que cuidó el importante e inusual carácter sinfónico de la obra. Desde entonces, el Concierto para piano y orquesta en la menor, opus 54, de Schumann, se ha convertido, con total merecimiento, en unas de las páginas más y mejor apreciadas por todos los públicos.

“No soy capaz de escribir un concierto destinado a los virtuosos y, por lo tanto, debo pensar en otra cosa” reveló Schumann en cierta ocasión a su esposa Clara. De ahí, probablemente, el carácter liederístico y -al mismo tiempo- sinfónico de la obra, en la cual la orquesta adquiere un protagonismo hasta entonces desconocido. El propio Schumann no lograba ubicar con determinación su particular y lírico concierto para piano y orquesta, al que definió como “algo entre el concierto, la sinfonía y la gran sonata” y para el que recurrió a una plantilla orquestal integrada por dos flautas, dos oboes, dos clarinetes, dos fagotes, dos trompas, dos trompetas, timbales y cuerda.

El primer movimiento (4/4; la menor) mantiene escasas diferencias con la fantasía de 1841 que lo nutre. Se trata de una bitemática forma sonata muy libremente empleada. Sin embargo, el hábil y muy bien organizado entramado del desarrollo confiere alta y lógica coherencia interna al fragmento, que se inicia impetuosamente con un seco acorde de la orquesta que da paso a una breve cadencia descendente del teclado. Inmediatamente, el oboe introduce una larga y muy schumanniana frase que serena el brillante paisaje sonoro. Influido por este efusivo tema, el piano se adentra en un delicado y poético pasaje que abre las puertas al bien trazado desarrollo, en el que orquesta y solista dialogan, conviven y se funden de manera ciertamente admirable. Tras una afortunada y brillante cadencia en la que el piano emplea los dos temas básicos del movimiento, éste concluye vertiginosamente en una coda en tiempo de 2/4 basada en el tema principal y coronada por cuatro acordes en fortísimo ejecutados al unísono por orquesta y solista.

El ensoñador y nocturnal ‘Intermezzo’ central (fa mayor; 3/4) es un multicolor Andantino grazioso en tres partes. Se inicia con un Lied en el que orquesta y solista se recrean en un sentido y exquisito diálogo, que desemboca en una cálida frase impuesta por los violonchelos. Pronto, este romántico diseño melódico es sometido a un sustancial desarrollo que culminará con el retorno del tema inicial. Cerca ya del final del fragmento, los instrumentos de madera entonan una nítida e inesperada alusión al tema principal del primer movimiento, que sirve de pórtico a la vibrante irrupción del tercer y último tiempo.

El filigranesco y al mismo tiempo tumultuoso movimiento final (‘Allegro vivace’; La mayor; 3/4), irrumpe sin solución de continuidad. Se trata de un arrebatador fragmento en forma sonata, cuyo motivo fundamental se articula sobre un elemental aire ternario y es heredero del diseño nuclear del Allegro affettuoso que inauguró el concierto. El tema secundario, en Mi mayor, es de carácter rítmico y extremadamente esquemático. Ambos diseños temáticos se establecen como base del vital, elegante y bien balanceado desarrollo, de ineludibles aires dancísticos y estructura próxima al clásico rondó. La extensa y coherente recapitulación da pie a que el piano introduzca una nueva idea, establecida a través de unas fugaces y rápidas corcheas que prefiguran la alborozada y exultante coda final.

Cortés: Sinfonía número 4 en Mi bemol mayor

Carmelo Solís Rodríguez (Azuaga, 1935 – Badajoz, 2001) -don Carmelo-, aquel hombre de cultura que redescubrió en su tierra al gran polifonista pacense Juan Vázquez y que tanto trabajó en el Archivo de la Catedral de Badajoz, del que era Archivero Capitular y cuyos secretos y tesoros él conocía mejor que nadie,  estaría hoy encantado de que de ese inagotable fondo de sabiduría que tanto amó se haya rescatado un legajo con un cuaderno manuscrito que agrupa seis sinfonías de un desconocido músico llamado Antonio Cortés, del que apenas se conoce que trabajó para la Catedral de Badajoz, que era violinista además de compositor y que en 1779 había sido alumno en la seo pacense de Manuel Ximeno, a quien precisamente figura dedicado el autógrafo con las sinfonías, que debieron ser compuestas en torno a esa fecha.

El rescatador del tesoro, al que hay que aplaudir vivamente sus desvelos y fructífera curiosidad musicológica, es un ilustre profesor de la misma orquesta que tienen ustedes ante sí en estos instantes: exactamente el solista de contrabajo, el venezolano Miguel Ángel Rodríguez Velásquez, que en estos momentos estará sentado sobre un taburete, a la derecha del escenario, liderando su muy grave sección instrumental. Ha tenido que llegar él de su Venezuela natal, para con su entusiasmo, mover y remover todo para lograr que estas sinfonías salieran del inerte olvido de los archivos. Él mismo ha preparado, además, los materiales de orquesta, así como la revisión y edición del manuscrito. “Fue muy grato”, recuerda el virtuoso-investigador, “comprobar que en la catedral se creara a finales del XVIII una música tan viva y enérgica, al más genuino estilo vienés, lo que significa, evidentemente, que Badajoz en absoluto estaba desconectado de Europa y de cuanto en ella ocurría en el ámbito musical”.

Del hecho de que estas seis sinfonías se crearan expresamente para la Catedral de Badajoz se deriva y constata que en su tiempo existía en ella una orquesta consolidada integrada al menos por una veintena de músicos. Las sinfonías ya habían sido catalogadas en 1901 y en 1925, pero ni una ni otra vez despertaron mayor curiosidad, sin que nadie se interesara mínimamente por ellas. No son obras maestras, pero sí testigos de un momento determinado de la música en Extremadura, y, desde luego, dignas de ser conocidas, valoradas y disfrutadas por sus herederos y paisanos. El estilo es propio del primer clasicismo. Sencillo, directo y sin recovecos. Risueño y de fácil melodismo, que se oscurece y cobra dramatismo en los canónicamente modulados episodios lentos.  Es algo que se pudo apreciar ya hace cuatro años, cuando los mismos intérpretes que actúan hoy recuperaron la Segunda sinfonía, en Re mayor, de esta misma colección.

Hoy los profesores extremeños y su titular Álvaro Albiach hacen escuchar la Cuarta sinfonía, cuyos característicos cuatro movimientos se mueven exactamente en idéntica órbita estética y técnica que los de la Segunda. Bien sujetos a la forma sonata y muy equilibrados en su conjunto interno. El primero, formulado en la tónica de Mi bemol mayor, es un Allegro vivo cuyo pegadizo tema es introducido ya en el primer compás (mf) por los violines primeros, que llevan siempre la voz cantante. La tonalidad del más cantable y no menos risueño segundo movimiento –Andante en 2/4- transita a la dominante de Si bemol. Para el tercero, y tal como manda la tradición de la época, Cortés recurre al clásico minueto, que retoma la tónica de Mi bemol, y comienza con la orquesta en pleno trazando al unísono y en forte una tríada ascendente que recorre el acorde de Mi bemol para abrir paso al primer tema y a su consiguiente y sencillo desarrollo. El obligado trío está, conforme a los estrictos cánones clasicistas, en la tonalidad relativa de do menor.

El rondó final, en 2/4 y marcado allegro, es inaugurado por la cuerda en solitario bajo el fondo sonoro del clave. Es un grácil y galante motivo de corcheas y semicorcheas, al que inmediatamente se incorporan oboes, fagotes y trompas. Movimiento y sinfonía concluyen con un vivo y fortísimo episodio en tutti cerrado con un quieto acorde (en calderón, y adagio) que desde la dominante resuelve en el acorde perfecto de tónica. El convencional dispositivo instrumental, muy propio de la época de Cortés consta de dos oboes, fagot, dos trompas, cuerda y clave. Llama la atención la ausencia de flauta. ¿Acaso por no contar la plantilla de la orquesta catedralicia con este instrumento?

Haydn: Sinfonía número 102, en Si bemol mayor

Contemporáneo de Antonio Cortés, cuando éste compone sus seis sinfonías de Badajoz el austriaco Josef Haydn ronda los 50 años. Uno y otro, como su también contemporáneo Mozart, se mueven en el corazón del clasicismo. Cada uno, evidentemente, con sus propias señas de identidad. Eclipsado por el genio arrollador del salzburgués, poco tiene que envidiar el sinfonismo de Haydn -escribió un total de 107 sinfonías, incluidas las últimas y recientes atribuciones- al de Mozart. El humor, el color, el fondo descriptivo, la inspiración cercana a la naturaleza y a sus sonidos, la perfecta y al mismo tiempo original construcción y sus riquezas melódicas y armónicas le convierten en un sinfonista clave. Quizá resulte exagerado considerarle, como tanto se ha repetido, el padre de la sinfonía, ya que antes otros compositores -como Stamitz, Monn o Wagenseil- habían desarrollado el género, pero sin duda, fue él quien, antes que Mozart, consolidó y otorgó lustre y espacio al nuevo género orquestal.

La sinfonía que hoy se interpreta es la número 102, y está formulada en la tonalidad de Si bemol mayor. Forma parte de la serie conocida como “Sinfonías Londres”, que abarca desde la número 93 hasta la 104, más la conocida Sinfonía concertante, Hob I,105. Todas fueron compuestas durante dos estancias en Londres, la primera entre 1791 y 1792 y la segunda de 1793 a 1794. La 102 corresponde a la segunda visita, data de 1794 (es decir, sólo unos 15 años después que la de Cortés), y fue estrenada el 2 de febrero de 1795, por supuesto, en la capital inglesa.

Una lenta y misteriosa introducción de 22 compases inaugura la sinfonía. El Allegro, basado en dos temas que Haydn somete a un magistral tratamiento armónico y tonal, llega tras un arpegio ascendente de la flauta en solitario. Es quizá el tiempo haydniano que más poderosamente anuncia la llegada inminente del emergente Beethoven de madurez. El nervio, pulso rítmico, marcados acentos e intenso dramatismo que desprenden los vivos compases del extenso y bien hilvanado desarrollo así lo atestiguan. El segundo movimiento, un adagio en 3/4 y fa menor, es idéntico al movimiento central del algo posterior Trío en fa sostenido menor Hob XV, 26, para violín, violonchelo y piano, publicado un año después, en mayo de 1795. Aquí Haydn se regodea en su talento para la ornamentación, con el que envuelve la cantabile melodía central -ya de por sí cargada de encanto melódico y armónico- y la convierte en uno de los pasajes más seductores de su nutrido catálogo sinfónico. Durante el movimiento, cuyos pentagramas se estructuran de acuerdo a la clásica forma de desarrollo, recapitulación y coda, se suceden puntuales pero remarcables intervenciones solistas del violonchelo y de las trompetas con timbales.

El consabido minueto es un exultante allegro, cuya vitalidad y persistente ritmo no remite hasta la llegada del trío, más contenido y de resonancias eslavas, entonado por el oboe con el trasfondo unísono del fagot. Para el rápido –Presto– movimiento conclusivo Haydn reserva un ligero y grácil rondó compuesto por tres estrofas, la segunda de ellas modulada a modo menor. Un final redondo cuya ligereza clásica alterna con contundentes pasajes que parecen recordar aquella vehemencia del primer movimiento anunciadora del Beethoven más romántico y rotundo. Un futuro que Haydn aquí hace casi presente.

© Justo Romero

Justo Romero (Badajoz, 1955) es una de las firmas más conocidas y reconocidas de la música española. Ha sido director técnico de la Orquesta Bética Filarmónica (1978-1981) y de la Orquesta de Valencia (1995-1998); fundador de la Orquesta de la Comunidad Valenciana (2005-2007), asesor artístico del Festival Albéniz de Camprodón (1999-2007) y del Auditorio de Alicante (2011-2017), y Dramaturgo del Palau de les Arts Reina Sofía de Valencia (2005-2014). Fue crítico musical de los diarios El País, Diario 16 y El Mundo, así como en la revista Scherzo y otras publicaciones especializadas. Su extensa bibliografía incluye títulos como Sevilla en la ópera; Albéniz; El Gato Montés; Falla; El Padre Soler en el Archivo Ducal de Medina-Sidonia; Cristóbal Halffter, este silencio que escucho; Chopin. Raíces de futuro, y El piano 52+36. Ha dictado conferencias y dirigido seminarios en múltiples países y universidades. Desde 2016 es crítico del diario Levante.


Till Fellner, pianista

La carrera internacional del pianista austriaco Till Fellner (Viena, 1972) empezó en 1993 cuando ganó el primer premio del famoso Concurso Clara Haskil en Vevey, Suiza. Durante más de dos décadas ha sido un artista invitado muy solicitado por muchas de las orquestas y auditorios internacionales más notables de Europa, los EE.UU. y Japón, al igual que en numerosos festivales.

En diciembre de 2015 Till Fellner debutó con la Filarmónica de Berlín, bajo la batuta de Bernard Haitink, interpretando el Concierto de Piano nº 25 en Do Mayor de Mozart. Otras actuaciones muy destacadas de la temporada 2015-16 incluyeron recitales en las salas más conocidas de Europa y Asia, al igual que conciertos con la Orquesta Sinfónica NHK de Tokio con Bernard Blomstedt, Orquesta Sinfónica de Chicago con Bernard Haitink, Academia de St. Martin in the Fields con Sir Neville Marriner y Orquesta de Cámara Mahler con Manfred Honeck.

Además de los recitales en varias capitales, durante el 2016-17 Till Fellner, actuará con Deutsches Sinfonie-Orchester Berlín / Kent Nagano, Konzerthausorchester Berlín / Ivan Fischer, Orquesta Sinfónica de Pittsburgh / Manfred Honeck, Orquesta Sinfónica de Montreal / Kent Nagano y Philharmonia Orchestra Londres / Christoph Von Dohnányi.

Till Fellner ha colaborado con Claudio Abbado, Vladimir Ashkenazy, Semyon Bychkov, Christop von Dohnányi, Nikolaus Harnoncourt, Sir Charles Mackerras, Kurt Masur, Kent Nagano, Jonathan Nott, Kirill Petrenko, Claudius Traunfeller y Hans Zender, entre otros.

En el campo de la música de cámara Fellner colabora regularmente con el tenor británico Mark Padmore, con el que estrenó una composición de Hans Zender en 2016 y con quien ha viajado a Japón en febrero de 2017. Además, se desempeña regularmente con el Cuarteto Belcea.

Durante los últimos años se ha dedicado a dos hitos del repertorio de piano: El Clave Bien Temperado de Johann Sebastian Bach, y las 32 Sonatas de Piano de Ludwig van Beethoven. Entre 2008 y 2010 interpretó el ciclo Beethoven en Nueva York, Washington, Tokio, Londres, París y Viena. Además es un gran aficionado de la música contemporánea y ha estrenado obras de Kit Armstrong, Harrison Birtwistle, Tomas Larcher y Alexander Stankovski. En 2012 Till Fellner se retiró de actuar durante un año para dedicarse al estudio del nuevo repertorio y profundizar sus conocimientos de composición, literatura y cine.

En ECM ha publicado el primer libro del Clave Bien Temperado y las Invenciones partes 2 y 3 de J.S. Bach, así como los Conciertos para Piano nos. 4 y 5 de Beethoven con la Orquesta Sinfónica de Montreal y Kent Nagano, y más recientemente, un CD de música de cámara de Harrison Birtwistle. En otoñ ode 2016, Alpha Classics lanzó la grabación del quinteto de piano de J. Brahms con el Cuarteto Belcea, esta grabación recibió el “Diapason d’Or 2016”.

En su ciudad natal, Viena, Till Fellner estudió con Helene Sedo-Stadler y después con Alfred Brendel -al que considera su maestro-, Meira Farkas, Oleg Maisenberg y Claus-Christian Schuster. Desde otoño de 2013, Till Fellner ha sido contratado para enseñar a un pequeño círculo de estudiantes en el Zurich Hochschule der Künste.

Temporada

22 de febrero Badajoz
23 de febrero Cáceres

Programa

R. Schumann. Concierto para piano
A. Cortés. Sinfonía nº 4
F. J. Haydn. Sinfonía nº 102

Orquesta de Extremadura
Till Fellner
Álvaro Albiach

Notas al programa

Festín clásico con preludio romántico

Este programa que interpreta la Orquesta de Extremadura confronta dos tiempos, dos momentos creativos. Por una parte, el clasicismo puro de Haydn y de la música nacida en la Catedral de Badajoz escrita por Antonio Cortés, y de otra el romanticismo absoluto y sin reservas de Schumann, esencializado en su único concierto para piano. Al estreno moderno de la en estos precisos momentos recuperada Cuarta sinfonía de Antonio Cortés, acompaña una obra tan asentada en el repertorio como la Sinfonía 102 de Haydn. Antes, en la primera parte, y como preludio a este contrastado festín clásico, será solista del concierto de Schumann uno de los pianistas más reconocidos y admirables de la actual escena internacional, el vienés Till Fellner (1972), alumno favorito de Alfred Brendel.  “Fellner”, ha escrito Brendel, “me hace sentir que formo parte de una tradición que emana de mi propio profesor, Edwin Fischer, en la que el compositor prevalece sobre el intérprete. Una tradición en la que para el pianista es más importante dejarse absorber por la música que permitir que destaque su personalidad, y a pesar de esto, uno siempre reconoce su interpretación”.

Schumann: Concierto para piano en la menor, opus 54

El origen del único Concierto para piano y orquesta de Schumann arranca de una Fantasía para piano y orquesta, en la menor, escrita en 1841 con destino a su esposa, la eminente y célebre pianista Clara Wieck, con la que el compositor había contraído matrimonio un año antes. Tras cuatro infructuosos años en los que no consiguió encontrar editor para publicar esta partitura por su inusual y monolítica configuración formal, en 1845 se decidió a reconvertirla en un concierto para piano y orquesta de estructura tradicional, con sus tres movimientos característicos. De esta guisa, complementada con un bellísimo ‘Intermezzo central’ y un brillante ‘Allegro vivace’ final, la primitiva fantasía fue estrenada el 1 de enero de 1846 en la mítica Gewandhaus de Leipzig. Sus intérpretes, fueron, naturalmente, Clara Schumann y la centenaria orquesta sajona, que cuidó el importante e inusual carácter sinfónico de la obra. Desde entonces, el Concierto para piano y orquesta en la menor, opus 54, de Schumann, se ha convertido, con total merecimiento, en unas de las páginas más y mejor apreciadas por todos los públicos.

“No soy capaz de escribir un concierto destinado a los virtuosos y, por lo tanto, debo pensar en otra cosa” reveló Schumann en cierta ocasión a su esposa Clara. De ahí, probablemente, el carácter liederístico y -al mismo tiempo- sinfónico de la obra, en la cual la orquesta adquiere un protagonismo hasta entonces desconocido. El propio Schumann no lograba ubicar con determinación su particular y lírico concierto para piano y orquesta, al que definió como “algo entre el concierto, la sinfonía y la gran sonata” y para el que recurrió a una plantilla orquestal integrada por dos flautas, dos oboes, dos clarinetes, dos fagotes, dos trompas, dos trompetas, timbales y cuerda.

El primer movimiento (4/4; la menor) mantiene escasas diferencias con la fantasía de 1841 que lo nutre. Se trata de una bitemática forma sonata muy libremente empleada. Sin embargo, el hábil y muy bien organizado entramado del desarrollo confiere alta y lógica coherencia interna al fragmento, que se inicia impetuosamente con un seco acorde de la orquesta que da paso a una breve cadencia descendente del teclado. Inmediatamente, el oboe introduce una larga y muy schumanniana frase que serena el brillante paisaje sonoro. Influido por este efusivo tema, el piano se adentra en un delicado y poético pasaje que abre las puertas al bien trazado desarrollo, en el que orquesta y solista dialogan, conviven y se funden de manera ciertamente admirable. Tras una afortunada y brillante cadencia en la que el piano emplea los dos temas básicos del movimiento, éste concluye vertiginosamente en una coda en tiempo de 2/4 basada en el tema principal y coronada por cuatro acordes en fortísimo ejecutados al unísono por orquesta y solista.

El ensoñador y nocturnal ‘Intermezzo’ central (fa mayor; 3/4) es un multicolor Andantino grazioso en tres partes. Se inicia con un Lied en el que orquesta y solista se recrean en un sentido y exquisito diálogo, que desemboca en una cálida frase impuesta por los violonchelos. Pronto, este romántico diseño melódico es sometido a un sustancial desarrollo que culminará con el retorno del tema inicial. Cerca ya del final del fragmento, los instrumentos de madera entonan una nítida e inesperada alusión al tema principal del primer movimiento, que sirve de pórtico a la vibrante irrupción del tercer y último tiempo.

El filigranesco y al mismo tiempo tumultuoso movimiento final (‘Allegro vivace’; La mayor; 3/4), irrumpe sin solución de continuidad. Se trata de un arrebatador fragmento en forma sonata, cuyo motivo fundamental se articula sobre un elemental aire ternario y es heredero del diseño nuclear del Allegro affettuoso que inauguró el concierto. El tema secundario, en Mi mayor, es de carácter rítmico y extremadamente esquemático. Ambos diseños temáticos se establecen como base del vital, elegante y bien balanceado desarrollo, de ineludibles aires dancísticos y estructura próxima al clásico rondó. La extensa y coherente recapitulación da pie a que el piano introduzca una nueva idea, establecida a través de unas fugaces y rápidas corcheas que prefiguran la alborozada y exultante coda final.

Cortés: Sinfonía número 4 en Mi bemol mayor

Carmelo Solís Rodríguez (Azuaga, 1935 – Badajoz, 2001) -don Carmelo-, aquel hombre de cultura que redescubrió en su tierra al gran polifonista pacense Juan Vázquez y que tanto trabajó en el Archivo de la Catedral de Badajoz, del que era Archivero Capitular y cuyos secretos y tesoros él conocía mejor que nadie,  estaría hoy encantado de que de ese inagotable fondo de sabiduría que tanto amó se haya rescatado un legajo con un cuaderno manuscrito que agrupa seis sinfonías de un desconocido músico llamado Antonio Cortés, del que apenas se conoce que trabajó para la Catedral de Badajoz, que era violinista además de compositor y que en 1779 había sido alumno en la seo pacense de Manuel Ximeno, a quien precisamente figura dedicado el autógrafo con las sinfonías, que debieron ser compuestas en torno a esa fecha.

El rescatador del tesoro, al que hay que aplaudir vivamente sus desvelos y fructífera curiosidad musicológica, es un ilustre profesor de la misma orquesta que tienen ustedes ante sí en estos instantes: exactamente el solista de contrabajo, el venezolano Miguel Ángel Rodríguez Velásquez, que en estos momentos estará sentado sobre un taburete, a la derecha del escenario, liderando su muy grave sección instrumental. Ha tenido que llegar él de su Venezuela natal, para con su entusiasmo, mover y remover todo para lograr que estas sinfonías salieran del inerte olvido de los archivos. Él mismo ha preparado, además, los materiales de orquesta, así como la revisión y edición del manuscrito. “Fue muy grato”, recuerda el virtuoso-investigador, “comprobar que en la catedral se creara a finales del XVIII una música tan viva y enérgica, al más genuino estilo vienés, lo que significa, evidentemente, que Badajoz en absoluto estaba desconectado de Europa y de cuanto en ella ocurría en el ámbito musical”.

Del hecho de que estas seis sinfonías se crearan expresamente para la Catedral de Badajoz se deriva y constata que en su tiempo existía en ella una orquesta consolidada integrada al menos por una veintena de músicos. Las sinfonías ya habían sido catalogadas en 1901 y en 1925, pero ni una ni otra vez despertaron mayor curiosidad, sin que nadie se interesara mínimamente por ellas. No son obras maestras, pero sí testigos de un momento determinado de la música en Extremadura, y, desde luego, dignas de ser conocidas, valoradas y disfrutadas por sus herederos y paisanos. El estilo es propio del primer clasicismo. Sencillo, directo y sin recovecos. Risueño y de fácil melodismo, que se oscurece y cobra dramatismo en los canónicamente modulados episodios lentos.  Es algo que se pudo apreciar ya hace cuatro años, cuando los mismos intérpretes que actúan hoy recuperaron la Segunda sinfonía, en Re mayor, de esta misma colección.

Hoy los profesores extremeños y su titular Álvaro Albiach hacen escuchar la Cuarta sinfonía, cuyos característicos cuatro movimientos se mueven exactamente en idéntica órbita estética y técnica que los de la Segunda. Bien sujetos a la forma sonata y muy equilibrados en su conjunto interno. El primero, formulado en la tónica de Mi bemol mayor, es un Allegro vivo cuyo pegadizo tema es introducido ya en el primer compás (mf) por los violines primeros, que llevan siempre la voz cantante. La tonalidad del más cantable y no menos risueño segundo movimiento –Andante en 2/4- transita a la dominante de Si bemol. Para el tercero, y tal como manda la tradición de la época, Cortés recurre al clásico minueto, que retoma la tónica de Mi bemol, y comienza con la orquesta en pleno trazando al unísono y en forte una tríada ascendente que recorre el acorde de Mi bemol para abrir paso al primer tema y a su consiguiente y sencillo desarrollo. El obligado trío está, conforme a los estrictos cánones clasicistas, en la tonalidad relativa de do menor.

El rondó final, en 2/4 y marcado allegro, es inaugurado por la cuerda en solitario bajo el fondo sonoro del clave. Es un grácil y galante motivo de corcheas y semicorcheas, al que inmediatamente se incorporan oboes, fagotes y trompas. Movimiento y sinfonía concluyen con un vivo y fortísimo episodio en tutti cerrado con un quieto acorde (en calderón, y adagio) que desde la dominante resuelve en el acorde perfecto de tónica. El convencional dispositivo instrumental, muy propio de la época de Cortés consta de dos oboes, fagot, dos trompas, cuerda y clave. Llama la atención la ausencia de flauta. ¿Acaso por no contar la plantilla de la orquesta catedralicia con este instrumento?

Haydn: Sinfonía número 102, en Si bemol mayor

Contemporáneo de Antonio Cortés, cuando éste compone sus seis sinfonías de Badajoz el austriaco Josef Haydn ronda los 50 años. Uno y otro, como su también contemporáneo Mozart, se mueven en el corazón del clasicismo. Cada uno, evidentemente, con sus propias señas de identidad. Eclipsado por el genio arrollador del salzburgués, poco tiene que envidiar el sinfonismo de Haydn -escribió un total de 107 sinfonías, incluidas las últimas y recientes atribuciones- al de Mozart. El humor, el color, el fondo descriptivo, la inspiración cercana a la naturaleza y a sus sonidos, la perfecta y al mismo tiempo original construcción y sus riquezas melódicas y armónicas le convierten en un sinfonista clave. Quizá resulte exagerado considerarle, como tanto se ha repetido, el padre de la sinfonía, ya que antes otros compositores -como Stamitz, Monn o Wagenseil- habían desarrollado el género, pero sin duda, fue él quien, antes que Mozart, consolidó y otorgó lustre y espacio al nuevo género orquestal.

La sinfonía que hoy se interpreta es la número 102, y está formulada en la tonalidad de Si bemol mayor. Forma parte de la serie conocida como “Sinfonías Londres”, que abarca desde la número 93 hasta la 104, más la conocida Sinfonía concertante, Hob I,105. Todas fueron compuestas durante dos estancias en Londres, la primera entre 1791 y 1792 y la segunda de 1793 a 1794. La 102 corresponde a la segunda visita, data de 1794 (es decir, sólo unos 15 años después que la de Cortés), y fue estrenada el 2 de febrero de 1795, por supuesto, en la capital inglesa.

Una lenta y misteriosa introducción de 22 compases inaugura la sinfonía. El Allegro, basado en dos temas que Haydn somete a un magistral tratamiento armónico y tonal, llega tras un arpegio ascendente de la flauta en solitario. Es quizá el tiempo haydniano que más poderosamente anuncia la llegada inminente del emergente Beethoven de madurez. El nervio, pulso rítmico, marcados acentos e intenso dramatismo que desprenden los vivos compases del extenso y bien hilvanado desarrollo así lo atestiguan. El segundo movimiento, un adagio en 3/4 y fa menor, es idéntico al movimiento central del algo posterior Trío en fa sostenido menor Hob XV, 26, para violín, violonchelo y piano, publicado un año después, en mayo de 1795. Aquí Haydn se regodea en su talento para la ornamentación, con el que envuelve la cantabile melodía central -ya de por sí cargada de encanto melódico y armónico- y la convierte en uno de los pasajes más seductores de su nutrido catálogo sinfónico. Durante el movimiento, cuyos pentagramas se estructuran de acuerdo a la clásica forma de desarrollo, recapitulación y coda, se suceden puntuales pero remarcables intervenciones solistas del violonchelo y de las trompetas con timbales.

El consabido minueto es un exultante allegro, cuya vitalidad y persistente ritmo no remite hasta la llegada del trío, más contenido y de resonancias eslavas, entonado por el oboe con el trasfondo unísono del fagot. Para el rápido –Presto– movimiento conclusivo Haydn reserva un ligero y grácil rondó compuesto por tres estrofas, la segunda de ellas modulada a modo menor. Un final redondo cuya ligereza clásica alterna con contundentes pasajes que parecen recordar aquella vehemencia del primer movimiento anunciadora del Beethoven más romántico y rotundo. Un futuro que Haydn aquí hace casi presente.

© Justo Romero

Justo Romero (Badajoz, 1955) es una de las firmas más conocidas y reconocidas de la música española. Ha sido director técnico de la Orquesta Bética Filarmónica (1978-1981) y de la Orquesta de Valencia (1995-1998); fundador de la Orquesta de la Comunidad Valenciana (2005-2007), asesor artístico del Festival Albéniz de Camprodón (1999-2007) y del Auditorio de Alicante (2011-2017), y Dramaturgo del Palau de les Arts Reina Sofía de Valencia (2005-2014). Fue crítico musical de los diarios El País, Diario 16 y El Mundo, así como en la revista Scherzo y otras publicaciones especializadas. Su extensa bibliografía incluye títulos como Sevilla en la ópera; Albéniz; El Gato Montés; Falla; El Padre Soler en el Archivo Ducal de Medina-Sidonia; Cristóbal Halffter, este silencio que escucho; Chopin. Raíces de futuro, y El piano 52+36. Ha dictado conferencias y dirigido seminarios en múltiples países y universidades. Desde 2016 es crítico del diario Levante.


Till Fellner, pianista

La carrera internacional del pianista austriaco Till Fellner (Viena, 1972) empezó en 1993 cuando ganó el primer premio del famoso Concurso Clara Haskil en Vevey, Suiza. Durante más de dos décadas ha sido un artista invitado muy solicitado por muchas de las orquestas y auditorios internacionales más notables de Europa, los EE.UU. y Japón, al igual que en numerosos festivales.

En diciembre de 2015 Till Fellner debutó con la Filarmónica de Berlín, bajo la batuta de Bernard Haitink, interpretando el Concierto de Piano nº 25 en Do Mayor de Mozart. Otras actuaciones muy destacadas de la temporada 2015-16 incluyeron recitales en las salas más conocidas de Europa y Asia, al igual que conciertos con la Orquesta Sinfónica NHK de Tokio con Bernard Blomstedt, Orquesta Sinfónica de Chicago con Bernard Haitink, Academia de St. Martin in the Fields con Sir Neville Marriner y Orquesta de Cámara Mahler con Manfred Honeck.

Además de los recitales en varias capitales, durante el 2016-17 Till Fellner, actuará con Deutsches Sinfonie-Orchester Berlín / Kent Nagano, Konzerthausorchester Berlín / Ivan Fischer, Orquesta Sinfónica de Pittsburgh / Manfred Honeck, Orquesta Sinfónica de Montreal / Kent Nagano y Philharmonia Orchestra Londres / Christoph Von Dohnányi.

Till Fellner ha colaborado con Claudio Abbado, Vladimir Ashkenazy, Semyon Bychkov, Christop von Dohnányi, Nikolaus Harnoncourt, Sir Charles Mackerras, Kurt Masur, Kent Nagano, Jonathan Nott, Kirill Petrenko, Claudius Traunfeller y Hans Zender, entre otros.

En el campo de la música de cámara Fellner colabora regularmente con el tenor británico Mark Padmore, con el que estrenó una composición de Hans Zender en 2016 y con quien ha viajado a Japón en febrero de 2017. Además, se desempeña regularmente con el Cuarteto Belcea.

Durante los últimos años se ha dedicado a dos hitos del repertorio de piano: El Clave Bien Temperado de Johann Sebastian Bach, y las 32 Sonatas de Piano de Ludwig van Beethoven. Entre 2008 y 2010 interpretó el ciclo Beethoven en Nueva York, Washington, Tokio, Londres, París y Viena. Además es un gran aficionado de la música contemporánea y ha estrenado obras de Kit Armstrong, Harrison Birtwistle, Tomas Larcher y Alexander Stankovski. En 2012 Till Fellner se retiró de actuar durante un año para dedicarse al estudio del nuevo repertorio y profundizar sus conocimientos de composición, literatura y cine.

En ECM ha publicado el primer libro del Clave Bien Temperado y las Invenciones partes 2 y 3 de J.S. Bach, así como los Conciertos para Piano nos. 4 y 5 de Beethoven con la Orquesta Sinfónica de Montreal y Kent Nagano, y más recientemente, un CD de música de cámara de Harrison Birtwistle. En otoñ ode 2016, Alpha Classics lanzó la grabación del quinteto de piano de J. Brahms con el Cuarteto Belcea, esta grabación recibió el “Diapason d’Or 2016”.

En su ciudad natal, Viena, Till Fellner estudió con Helene Sedo-Stadler y después con Alfred Brendel -al que considera su maestro-, Meira Farkas, Oleg Maisenberg y Claus-Christian Schuster. Desde otoño de 2013, Till Fellner ha sido contratado para enseñar a un pequeño círculo de estudiantes en el Zurich Hochschule der Künste.